Por: Beto Cabrera Marina
El Senado nació bajo la promesa de actuar como una cámara de reflexión y moderación; sin embargo, los recientes exabruptos y conatos de bronca demuestran que la polarización y la falta de decoro siguen dinamitando la confianza ciudadana en nuestras instituciones.
El reciente y tenso altercado verbal ocurrido en la Comisión de Constitución del Senado – protagonizado por el ministro del Interior, César Astudillo, el ministro de Justicia, Ernesto Álvarez, y los senadores Iber Maraví, y Fernando Calisto Giampietri – ha reavivado el debate público sobre la calidad moral de la clase política.
Este lamentable choque de egos, refleja una profunda crisis de institucionalidad donde la descalificación personal se impone sobre el contraste técnico de ideas. No es una buena señal para la democracia la soberbia y la prepotenciacon la que interactúan las más altas autoridades de nuestro país.
El impacto de estas conductas trasciende el fuero parlamentario y actúa como un espejo deformante en la sociedad. No es un buen ejemplo para los jóvenes, si demandamos de ellos respeto y disciplina, mientras observan que los líderes de la patria apelan al grito y a las puyas destructivas como método de diálogo.
El ejemplo empieza en casa, pero se consolida en la esfera pública; al normalizarse la violencia verbal, se destruye la cultura democrática y se infecta a la población de un cínico desencanto cívico. La ciudadanía, acorralada por la criminalidad y la recesión económica, contempla con frustración cómo las autoridades convierten las salas de debate en escenarios de vendetta personal. La ciudadanía espera sensatezde quienes ostentan el poder.
Para revertir esta deriva, es urgente exigir un proceder ético elevado y retornar a la esencia deliberativa para la cual fue reinstaurada la bicameralidad. Históricamente, se concibió al Senado como una «cámara de reflexión» capaz de tamizar el apasionamiento político; sin embargo, la dinámica actual demuestra que la sola creación de estancias no garantiza madurez institucional si los actores persisten en la confrontación. Aunque se haya alcanzado un gesto formal de conciliación tras el incidente, la opinión pública exige que las discusiones urgentes en materia de seguridad ciudadana y economía se traduzcan en consensos reales y no en shows mediáticos.
Si los llamados a conducir los destinos del Perú persisten en priorizar el insulto sobre las ideas, terminaremos por naturalizar que la razón pertenece al más ruidoso y no al más justo, destruyendo el último reducto de fe democrática que le queda al país.



