COLUMNA DIARIO VOCES – KURI ANKA
Una vez crucé una quebrada torrentosa del Alto Huayabamba, en el sector Progreso de Huicungo, sentada en una oroya. Abajo, el agua rugía; arriba, una cuerda tendida entre dos orillas. Ahí aprendí que la canasta no avanza sola. Es un pacto mutuo: alguien jala desde la otra orilla y decide el rumbo; quien va sentado le confía su vida; y la canasta carga con ese peso sin soltarlo.
En runa simi, esa canasta se llama waru. De ahí viene Waruq, un lugar de Chavinillo, en Huánuco, que la pluma colonial escribió Huaroc. Con el sufijo -q, puede leerse como «el que hace cruzar». Pero waru también nombra el andén: según el lingüista Rodolfo Cerrón Palomino, Huarochirí significaría «el que construye andenes». Hacer cruzar y sembrar la ladera sin desmoronarla.
Quien lleva ese apellido carga una memoria. Nuestros antiguos no hicieron del territorio una sola cosa. Sembraban papa en la puna, maíz en los valles y coca en la ceja de selva, y tejían entre esos pisos una red de intercambio. En Yarowilca aún moldean el raway para drenar la tierra sin lavarla. Lo llamaban allin kawsay: crecer con la tierra, no contra ella. Un apellido así es una deuda, no un adorno.
Hoy un Huaroc dirige el Ministerio del Ambiente. Según OjoPúblico, ha dicho ante el Congreso que las áreas naturales protegidas no deben verse como «museos vivientes». Su gestión reorganiza al Sernanp, al OEFA y al Senace. En menos de tres meses, el sector hidrocarburos registró 31 visitas a su alta dirección. La viceministra de Hidrocarburos, promotora de la exploración petrolera en Candamo, dentro del Parque Nacional Bahuaja Sonene, fue la funcionaria con más ingresos registrados.
Entonces vale preguntar: ¿quién está jalando el waru del Minam? ¿Y hacia qué orilla?
Acepto la frase del ministro, pero al revés. Sí, nuestras áreas protegidas son museos vivientes. Museo viene del griego: la casa de las musas, el lugar donde se guarda el saber. En nuestros bosques está guardado lo que ninguna vitrina puede contener: el agua que bajará a nuestras ciudades, las plantas que curan, las semillas que alimentarán a los que aún no nacen. Y está vivo. Un museo vivo se cuida; no se ofrece al mejor postor.
El Perú es uno de los países megadiversos del planeta. Esa diversidad es nuestra riqueza y nuestra identidad. Por eso existe la zonificación ecológica y económica: porque el territorio tiene muchas vocaciones, no una. Reducir el bosque a barriles es convertir un país diverso en un monocultivo al servicio de intereses ajenos.
El Perú ya conoce ese camino. La Oroya debe su nombre, según la toponimia más aceptada, a esos cruces de cuerda. Hacia 1840, el viajero Tschudi describió allí un puente de soga y a su puentero: con las lluvias, las sogas cedían y había que tensarlas. Eso es fiscalizar. Siglo y medio después, el Estado concedió prórroga tras prórroga a Doe Run sin limpiar los suelos, y en 2023 la Corte Interamericana lo condenó por no fiscalizar y retroceder en la protección del aire.
Hoy esa tarea corresponde al OEFA y al Senace. Si la reorganización los debilita, la cuerda se afloja.
En el puente Q’eswachaka, en Cusco, la cuerda no la tensa un funcionario: la tejen cada año las comunidades, en faena. Ningún puente se sostiene si se excluye a quienes lo cruzan.
Ojalá el ministro escuche a su apellido. Waruq es el que hace cruzar: su oficio es llevar a salvo lo que se le confía. Y al Minam se le confió el bosque, el agua, las comunidades y los que aún no nacen.



