Los incendios forestales destruyen biodiversidad, comprometen el agua y generan costos económicos que terminamos pagando todos.
Por Mario Ríos Vela | Biólogo I Especialista en Gestión Ambiental, Cuencas Hidrográficas y Gobernanza Territorial
El paisaje que arde
El fuego forma parte de la historia amazónica y se ha utilizado para preparar terrenos. El problema surge cuando las quemas escapan de control, se repiten o coinciden con sequías, deforestación y fragmentación forestal. En 2024, según las cifras citadas en el documento, ardieron aproximadamente 1,9 millones de hectáreas en Brasil, 779 960 en Bolivia y más de 47 574 en Perú.
Cuando el bosque pierde capacidad de recuperarse
El impacto continúa después de extinguirse las llamas. La pérdida de vegetación y refugios puede afectar al ecosistema durante años. La apertura del dosel altera humedad y temperatura; el suelo expuesto se erosiona más fácilmente y las quemas recurrentes dificultan la regeneración. Con sequías y pérdida de cobertura forestal, aumenta la vulnerabilidad a nuevos incendios.
La economía también se quema
El fuego destruye cultivos, pasturas e infraestructura; el humo perjudica la salud y las actividades productivas. También se deterioran servicios esenciales: regulación hídrica, suelos, carbono y biodiversidad. Aunque no siempre figuran en las cuentas económicas, estas pérdidas recaen sobre familias, productores y Estado.
El patrimonio natural que dejamos arder
Quizá la pregunta más importante no sea cuántos focos de calor registramos cada temporada, sino qué paisaje estamos construyendo a partir de ellos y qué costos estamos trasladando a las generaciones futuras.
Cuando el fuego comienza a determinar qué vegetación permanece, qué actividades productivas pueden sostenerse y qué servicios ambientales se pierden, deja de ser únicamente una emergencia que debemos apagar. Se convierte en un problema de desarrollo territorial que debemos comprender, medir y prevenir.
San Martín ante una señal de alerta
Según publicaciones de SERFOR citadas en el documento, San Martín registró 19 321 focos de calor en 2022, 21 053 en 2023 y 74 114 en 2024. El incremento de 2024 supera el 300 % respecto de 2023 y merece atención. Sin embargo, un foco de calor es una detección satelital de una anomalía térmica: no equivale necesariamente a un incendio independiente ni permite determinar por sí solo cuántas hectáreas se perdieron.
Para comprender el fenómeno, hay que relacionar los registros satelitales con la cobertura forestal, los cambios de uso del suelo, las actividades agrícolas y las condiciones meteorológicas. Los geoportales son importantes para facilitar el acceso a esa información.
De apagar incendios a prevenir
La respuesta no puede limitarse a apagar incendios. Se requiere fortalecer el monitoreo, la prevención comunitaria y la asistencia técnica; promover alternativas a las quemas y mejorar el uso del suelo. En San Martín, estas acciones deben articular a SERFOR, gobiernos locales y Gobierno Regional.
Donde las quemas se repiten, pueden alterar la vegetación y dificultar la recuperación del bosque. La Amazonía no solo necesita que apaguemos el fuego: debemos evitar las condiciones que lo convierten en una amenaza recurrente para su naturaleza y economía.



