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El roble de Chirapa

Panchín pasa estos días en Morales, bajo el techo hospitalario de su hija María Luisa, en una casa de Fonavi que hoy le sirve de refugio. 

El motivo de su estancia es una batalla silenciosa en el dedo gordo de su pie derecho: sus uñas, crecidas en demasía, habían comenzado a insertarse de vuelta en la carne viva.

Era un suplicio lento que le robaba la paz y trastornaba la calma de sus días.

María Luisa y su esposo, Ramón, vieron que los cortauñas comunes se rompían ante la increíble dureza de esas uñas viejas. Consiguieron uno especial, pero el remedio terminó siendo peor que la enfermedad: el corte le provocó dolores tan agudos que volvieron el sueño un bien inalcanzable. 

Entre ese sufrimiento y el calor infernal de la selva, las noches se volvieron eternas.

Movidos por el desconsuelo de ver flaquear al roble, la hija y el yerno buscaron respuestas en la ciencia elemental: ordenaron un mapa completo de su cuerpo a través de exámenes de sangre, orina y heces. Lo que hallaron rozó el milagro y dejó mudos a los hombres de bata blanca. 

El mapa biológico de Panchín, a las puertas del siglo de existencia, era un territorio impecable. Su pecho guardaba el latido sereno y la presión limpia de un niño pequeño; su sangre corría libre de azúcares traicioneros, y tanto el colesterol como los triglicéridos obedecían a un orden perfecto, como si el tiempo hubiera olvidado envejecer sus arterias.

Ante el asombro general, el anciano sonreía con la sabiduría de los siglos. Él sabía bien a qué atribuirle esa salud de roble: a las miles de purgas tomadas a lo largo de su vida y a su férrea ley de no ingerir jamás nada helado. «Yo nunca he tomado nada frío. Si me invitaban una cerveza, la dejaba que se ponga a temperatura ambiente antes de darle el primer sorbo», solía repetir con una decisión inquebrantable.

A pesar de tener el templo del cuerpo limpio, el dolor persistía, sordo y ajeno a los analgésicos y a las compresas que intentaban refrescar la herida. El «todo terreno», a solo un mes de cumplir los noventa y nueve años, resistía. Ayer, finalmente, durante una limpieza médica profunda, el doctor descubrió el misterio: una uña nueva crecía oculta en las profundidades del dedo, abriéndose paso hacia adentro. Para liberarlo, el médico tuvo que usar la precisión quirúrgica de un bisturí, drenando la sustancia verdosa que amenazaba con convertirse en una infección mayor.

Hoy, el patriarca de la estirpe Del Castillo Morey descansa en su habitación de Morales. Su cuerpo reposa, pero su mente ya ha emprendido el viaje de regreso a Chirapa, ese rincón del mundo que él confunde con el cielo. Ansía volver al verdor eterno de los árboles que resumen la tranquilidad de su existencia, al coro caótico y familiar de sus dieciocho gatos, y al alboroto de los cientos de gallinas que todavía ayuda a cuidar. 

Por eso, en la quietud de su mente, ya se ve cruzando el patio: camina lento, provisto de su bastón de madera, como un Moisés abriéndose paso en su propio Mar Rojo al escapar de los egipcios, avanzando firme hacia el corral con un puñado de maíz en la mano.

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