El posible retorno del fenómeno El Niño en 2026 enciende una alerta que va más allá del clima. La pregunta ya no es si habrá impactos, sino si las ciudades amazónicas están preparadas para enfrentar una crisis marcada por la escasez de agua, los incendios forestales y la fragilidad de sus servicios básicos.
La Amazonía vuelve a mirar al cielo con preocupación. Un nuevo informe de la Iniciativa MAP advierte que el desarrollo del fenómeno El Niño durante 2026 podría desencadenar una sequía severa, con consecuencias que irían desde la reducción de los caudales de los ríos hasta el incremento de los incendios forestales y una mayor presión sobre la salud pública y el abastecimiento de agua para millones de habitantes.

La advertencia se sustenta en información de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), que estima una probabilidad superior al 60 % de que el fenómeno comience entre mayo y julio, intensificándose durante el resto de 2026 y los primeros meses de 2027. Los investigadores recuerdan que eventos similares ya golpearon a la región en 1997-1998, 2015-2016 y 2023-2024, dejando como saldo sequías históricas, incendios forestales de gran magnitud y severos impactos ambientales y sociales.
El informe explica que las sequías asociadas a El Niño no solo reducen el agua disponible para las poblaciones y la producción agrícola. También crean las condiciones ideales para que el fuego se propague con rapidez en los bosques amazónicos. Durante los episodios anteriores, el humo generado por los incendios elevó considerablemente la contaminación del aire y, según los especialistas, podría estar reduciendo la esperanza de vida entre dos y tres años por persona en las zonas más afectadas, configurando una crisis de salud pública.
Los investigadores advierten, además, que el calentamiento global está agravando estos fenómenos. Mientras en 1998, durante un El Niño muy fuerte, la temperatura promedio anual era menor, en 2024, con un evento menos intenso, la región registró temperaturas más elevadas. La conclusión es clara: el cambio climático está amplificando los efectos naturales de El Niño, haciendo que cada episodio sea potencialmente más destructivo que el anterior.

El documento alerta que la combinación entre el calentamiento del planeta y los eventos naturales podría acercar a la Amazonía a puntos de no retorno, donde algunos ecosistemas forestales perderían su capacidad de recuperarse. De mantenerse esta tendencia, el futuro de la mayor selva tropical del mundo se vuelve cada vez más incierto.
Frente a este escenario, la Iniciativa MAP recomienda fortalecer los sistemas de salud, garantizar planes de contingencia para el abastecimiento de agua, evitar el uso del fuego en las actividades agropecuarias durante 2026, reforzar la capacidad de respuesta frente a incendios forestales, proteger a las poblaciones más vulnerables de las olas de calor, ampliar las redes de monitoreo hidrometeorológico y de calidad del aire, conservar las áreas naturales protegidas y desarrollar medidas específicas para los territorios indígenas y las zonas de minería artesanal.

Sin embargo, el informe también obliga a plantear una pregunta inevitable: ¿estamos realmente preparados?
La realidad de gran parte de la Amazonía peruana demuestra que la vulnerabilidad ya existe incluso antes de que llegue una nueva sequía. Cada temporada de lluvias deja al descubierto la precariedad de la infraestructura. Los deslizamientos de tierra se repiten año tras año, mientras numerosos ríos y quebradas carecen de obras de encauzamiento y control que reduzcan el riesgo para las poblaciones asentadas en sus márgenes.
Paradójicamente, muchas ciudades amazónicas enfrentan una situación crítica con el recurso más esencial: el agua para consumo humano. En diversos centros urbanos el servicio se encuentra racionado, existen obras de saneamiento paralizadas, sistemas de captación que no cubren la demanda y reservorios con serias deficiencias de capacidad y mantenimiento. Si las fuentes de agua disminuyen como consecuencia de una sequía prolongada, estas limitaciones podrían transformarse rápidamente en una emergencia sanitaria y social.
La alerta lanzada por los investigadores no debe entenderse únicamente como un pronóstico climático. Es también un llamado a acelerar las inversiones en infraestructura, fortalecer la gestión del agua, mejorar la prevención de desastres y proteger los bosques que regulan el clima de la región. La experiencia demuestra que los fenómenos naturales no necesariamente se convierten en desastres; lo hacen cuando encuentran territorios sin planificación, servicios básicos insuficientes y autoridades que reaccionan tarde.
La Amazonía ya ha dado señales de advertencia. La diferencia entre enfrentar una nueva sequía con resiliencia o sufrir otra crisis dependerá de las decisiones que se adopten desde ahora. Porque cuando el agua escasea, los ríos se reducen y el bosque comienza a arder, ya es demasiado tarde para improvisar.



