Por: Rómulo Fernández Medina.
En plena carrera electoral rumbo al 2026, el debate político en el Perú se ha convertido en una competencia de promesas: más policías, más carreteras, más inversión, más crecimiento.
Pero hay un silencio ensordecedor sobre lo verdaderamente vital: agua, bosques y seguridad alimentaria.
Mientras algunos candidatos hablan sin pudor de ampliar la minería metálica e incluso deslizan la privatización del agua, millones de peruanos siguen sin acceso seguro y permanente a este recurso básico. En mi región, San Martín, capitales de provincia como Moyobamba, Tocache, Bellavista, Mariscal Cáceres y Tarapoto, además de numerosos distritos y comunidades rurales, todavía enfrentan serias limitaciones en el acceso al agua potable.
El agua no es un favor político. Es un derecho humano reconocido por la Organización de las Naciones Unidas.
Sin agua no hay salud.
Sin agua no hay producción.
Sin agua no hay vida.
Nuestros bosques amazónicos, que cubren más del 60% del territorio nacional, siguen bajo asedio: deforestación acelerada, minería ilegal, expansión desordenada de la frontera agrícola y más de 200 concesiones mineras metálicas otorgadas desde Lima por el Ministerio de Energía y Minas a medianas y grandes empresas.
La Amazonía peruana no es un decorado turístico. Es reguladora del clima, fábrica de agua, reserva de biodiversidad y hogar de pueblos indígenas. Destruirla es dinamitar el futuro económico y ambiental del país.
La seguridad alimentaria también está en riesgo. Suelos degradados, ríos contaminados y el impacto del cambio climático afectan directamente la producción agrícola. ¿De qué crecimiento económico hablamos si no garantizamos alimentos sanos y accesibles? No puede haber desarrollo si se debilitan las bases ecológicas que lo sostienen.
El silencio sobre estos temas no es casual. Hablar de agua y bosques implica enfrentar intereses poderosos, revisar concesiones, fiscalizar actividades extractivas y planificar más allá del corto plazo electoral. Y eso exige liderazgo.
Hoy el país necesita compromisos concretos:
Gestión integral y participativa de cuencas hidrográficas.
Inversión real y transparente en agua potable y saneamiento rural y urbano.
Protección efectiva de áreas naturales y territorios indígenas.
Políticas firmes de producción sostenible y soberanía alimentaria.
El Perú no puede seguir construyendo discursos sobre cimientos frágiles.
El agua no espera.
Los bosques no resisten indefinidamente.
La seguridad alimentaria no se improvisa.
Si los candidatos realmente aspiran a gobernar, que empiecen por garantizar lo básico: agua limpia, bosques vivos y alimentos seguros para todos los peruanos.
Porque sin estos tres pilares, cualquier promesa electoral no es desarrollo: es solo retórica.



