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Capítulo III – LAS PROMESAS

La Secta del Yakuruna

Por: Lomas Motilón

Los ancianos no contaban historias solo por contar. Siempre se detenían a la mitad de una oración, repetían palabras, corregían y añadían detalles que nadie ponía en duda. A veces comenzaban de final a principio, como si el orden no importara, sino más bien, como si lo más urgente fuese hacer entender el contenido. Siempre hablaban en voz baja no por miedo a ser escuchados, sino porque el sonido mismo parecía alterar y atraer algo desde el río, como si el aire funcionaría como un canal muy fuerte de comunicación con lo que se escondía entre sus aguas.

Estos adultos mayores, se reunían siempre en los mismos lugares, siempre a la misma hora, cuando el cielo todavía no estaba negro del todo y el agua comenzaba a perder su brillo.

Supongo, que lo que más te sorprenderá, es que casi siempre hablaban de turistas tragados por la corriente sin dejar remolinos, o de locales que desaparecieron y que ni sus huesos se lograron encontrar, de mujeres devueltas días después con extrañas marcas en la piel, amorfas, pero, perfectamente ubicadas, como si alguien las hubiera elegido antes de marcarlas. Hablaban también de niños que una noche se fueron a dormir, y sin saber cómo, desaparecieron y nunca los encontraron. Casualmente, nadie sabía cual niño había sido el primero ni cuantos ya habían desaparecido.

Todos estos relatos no eran solo cuentos, sino que más bien, eran repeticiones que parecían necesarias, ya que funcionaban como advertencias.

Algunos decían que la secta no tenía nombre, ya que algunos la llamaban de una manera, otros de otra, y muchos preferían no mencionarla en absoluto. No necesitaba templos ni símbolos visibles, más bien existía en los gestos de las personas: en la forma de cerrar las puertas, en la cantidad de veces que alguien miraba al río antes de dormir, incluso hasta en la forma de trabajar en la chacra para aparentar empatía y humildad. Tenía reglas que ni los pactados recordaban haber aprendido, pero que las cumplían con una precisión abrumadora.

Había guardianes, había castigos, había maneras de hacer que los que fallaban en el pacto fueran encontrados con total eficacia. Quien no cumplía fielmente con las reglas, desaparecía. Quizá no de inmediato, a veces, esto tomaba su tiempo, ya que, se lo podía ver caminando por el pueblo durante días, hablando, trabajando, sonriendo, hasta que un día simplemente se esfumaba.

Entonces su nombre se desvanecía de la memoria de algunos.

Primero, cuando se lo mencionaba, se confundía con otro, luego se ignoraba, después simplemente ¡no existía!

Decían por ahí que recordar a los condenados, era una forma de invocar a lo que yacía en el río, por eso, mejor se prefería olvidarlo.

Por otro lado, el yakuruna, ante los pactados, no se mostraba con rostro definido, nunca lo había hecho. Se dice que este más podía sentirse, como una risa breve que se mezclaba con el correr del agua, una llovizna extraña sobre los techos en las madrugadas o una sombra que se movía en noches de luna llena. Algunos juraban haber visto ojos entre las raíces sumergidas en el río, pero cada vez que se acercaban para entender de que se trataba, cambiaban de lugar, de forma, o mágicamente aumentaban, como si de un delirio se tratara.

Esto no importaba, porque el yakuruna no necesitaba una forma definida para estar presente en el caserío.

Los que se atrevieron a pactar con este ser del agua, quedaron marcados para siempre. No con señales que se notaban, sino con pequeñas alteraciones que nadie sabía explicar.

Los sueños comenzaban a repetirse: el mismo camino, la misma orilla, el mismo sonido, las mismas plantas, el mismo olor, pero siempre algo parecía estar fuera de lugar.

Al despertar, todo parecía diferente. La chacra no estaba igual, los machetes pesaban más algunos días y otros menos, sin razón alguna. Los juegos de los niños se volvían incómodos al mirarlos, una cosa que sé, que tú querido lector, no puedes comprender ahora.

Había pensamientos negativos una y otra vez, idénticos, exigiendo ser revisados por algún curandero, que temeroso, no se atrevía a hacer, ya que la excusa era que tal hechizo había sido realizado por alguien muy poderoso.

En ocasiones, algunos pobladores eran sorprendidos contando sus pasos sin saber por qué, tocando las puertas antes de irse a dormir, repitiendo frases en voz baja, mirando al río como si este los llamaría.

Con el tiempo, algunos comenzaban a escucharse a sí mismos desde afuera. Pensaban una cosa y, al mismo tiempo, otra. Había días en que el reflejo en el agua parecía moverse con una lentitud cósmica que nadie se atrevía a hablar de eso, ya que nombrar lo que sucedía fuera de sí también era invocar a lo que habitaba en las aguas.

Las noches se volvieron más oscuras y densas. El río sonaba terroríficamente raro, como si esperara una señal.

En ciertas madrugadas, algunos moradores despertaban convencidos de haber conversado con su vecino u otro poblador que actuaba raro, pero, que no podían recordar del todo cual era el tema de la charla. Otros se levantaban a revisar sus puertas ya cerradas y a sus niños ya dormidos, y cuando volvían a acostarse, lo hacían sin alivio alguno, con una sensación repetitiva de haber olvidado algo.

Las madres comenzaron a cerrar las casas más temprano, ya que aquella procesión nocturna y el raro comportamiento de sus vecinos había activado las alarmas en todos. Revisaban varias veces toda su casa: las ventanas, los candados, las camas. Abrazaban a sus hijos con una intensidad que parecía que pensaban que no los volverían a ver nuevamente. Los niños, sin entender, sentían una profunda tristeza, como si una despedida se estuviera ensayando.

Había momentos en que el pueblo entero parecía funcionar fuera de ritmo. Todos se veían y sentían raros, como si escucharan una orden que ni ellos podían comprender a quien iba dirigida. Luego seguían, fingiendo normalidad.

El río continuaba su curso, aparentemente tranquilo. De día generoso, predecible, hermoso. Pero los ancianos sabían que el agua no olvida las promesas y los pactos. Los mantiene ocultos y guardados con paciencia. Y cuando llega el momento, sin avisar, lo que habita en él, los reclama.

Algunas noches, alguien creía oír un canto muy bajo, casi demoníaco, mezclado con el sonido del agua. Nadie lograba recordar la melodía completa al día siguiente, solo aquel sonido perturbador. Algo estaba siendo preparado, con mucha maldad y crueldad. Algo pequeño. Algo frágil.

Entonces, algunos en el pueblo comenzaron a comportarse como si se acercara una fecha importante, como si el río estuviera esperando a que los pactados cumplieran sus promesas.

Significaba entonces, que el verdadero silencio aún no había comenzado.

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