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Capítulo V – SIGNOS QUE VIAJAN

La secta del Yakuruna

Aquella mañana amaneció tan normal como tantas otras. Los rayos del sol entraron por las rendijas de las paredes, se acomodaron sobre las mesas, sobre los cuerpos aún tibios del sueño, sobre los objetos que llevaban años ocupando el mismo lugar en aquella mesa vieja que fue construida con quinilla para resistir el pasar del tiempo. Nada parecía distinto a primera vista. Los sonidos habituales aparecieron poco a poco: alguien lavando su ropa, pasos sobre el suelo, el murmullo de varias voces iniciando el día a paso ligero.

Y, sin embargo, algo no terminaba de encajar con la realidad.

Varias personas despertaban con la sensación de haber respirado un aire distinto varias noches. No era por un insomnio repentino o por uno provocado por una pesadilla; era más bien una incomodidad que empezó a habitar el cuerpo hasta lo más profundo de sus entrañas. El pecho parecía agitado, la boca seca, y el agua no podía quitar un sabor extraño que se sentía en la lengua. Algunos se quedaron sentados sobre su cama unos instantes antes de levantarse, escuchando su propia respiración, hundiéndose en pensamientos que ni ellos comprendían, intentando recordar aquello que no podía ser nombrado.

Nadie dijo nada, quizá para no parecer paranoico o demente.

Sabemos pues, que hay sensaciones que se guardan por honor, por costumbre, o porque tratar de explicarlas resultaría inútil.

La rutina comenzó igual, las tareas siguieron su curso habitual.

Entonces, todos siguieron su camino, se intercambiaron saludos, se intercambiaron miradas y sonrisas como si todo estaría en orden, cuando en realidad, al igual que tú estimado lector, sabes que no.

Entre acción y acción había pausas breves en las que las personas parecían distraerse, como si atendieran a algo lejano que no lograba distinguirse que era.

En esa atmósfera, rara e inquietante, se llegaron a mencionar algunas notas del “diario voces”.

Resulta que, en el periódico, que muchos compraban, pero pocos se dignaban a leer con atención, se habían publicado durante semanas, reportajes sobre desapariciones. Estos reportajes no estaban hechos con alarmismo ni dramatismo; más bien, presentaban datos, fechas, entrevistas con familiares que repetían los mismos gestos de incertidumbre y desesperación. Casualmente, esta forma tan tranquila de informar resultaba más aterradora que cualquier titular exagerado o populista.

Las coincidencias se repetían ferozmente:

Niños.

Niñas.

Adolescentes.

Sin testigos confirmados pero existentes.

Con violencia visible, pero sin cuerpos, solo manchas de sangre a orillas de algunos ríos, prendas desgarradas, velas, plumas, huellas, etc.

Algunos lectores guardaban los recortes doblados entre libros o papeles importantes. Otros evitaban leerlos demasiado tiempo, por la pesadez que aquella calma narrativa traía consigo. Se dice, que quienes leían los reportajes a detalle terminaban escuchando voces extrañas camino a su casa. En el equipo periodístico del diario, los redactores de aquellas noticias (que eran pocos los que se atrevían a hacerlo), dicen que luego de haber escrito, los torturaban macabras pesadillas por las noches, eran tan intensas, que tenían que recurrir a algún chamán o iglesia para ser liberados de las mismas.

La información no se quedaba quieta y se supone que venía con alguna extraña maldición.

Mientras las noticias circulaban, comenzaron a surgir otros relatos.

En distritos distintos, se notaban ciertos cambios que generaban dudas.

Personas antes carentes de cosas parecían prosperar de pronto. Un profesor adquiría bienes materiales que nadie esperaba. Un comerciante expandía su negocio sin explicación clara. Un humilde campesino comenzaba a mostrar una seguridad económica repentina y abundante.

En apariencia nada ilegal, pero, ¿cuál era la razón de tal crecimiento?

Ante tal duda, las miradas solo prolongaban más el misterio.

Comentarios en voz baja.

Suposiciones de las que todos hablaban pero que nadie confirmaba.

Se rumoreaba de reuniones privadas, de vínculos ocultos, de devociones que no eran precisamente devociones sanas o naturales. Algunos decían que se trataba de prácticas oscuras y demoníacas. Otros preferían no pronunciar ninguna palabra que pudiera exponerlos a ser perseguidos luego.

Los rumores viajaban y viajaban igual que las noticias, tanto, que el ambiente comenzó a transformarse de forma casi imperceptible, en un ambiente de duda y horror.

Los animales parecían inquietos sin razón. Había momentos en que el sonido del entorno desaparecía de la nada, dejando un silencio demasiado apacible.

Varias personas sentían algo que no sabían explicar, como si estuvieran siendo vigiladas.

El río seguía fluyendo con normalidad, su superficie reflejaba la luz del sol y la luna como siempre, y su sonido no parecía diferente. Pero, quienes se acercaban a él describían sensaciones físicas extrañas: presión en el pecho, hormigueo en la piel, zumbidos extraños en el oído.

Con el paso de los días, comenzaron a instalarse ideas compartidas que no eran expresadas en voz alta, pero si estaban presentes en muchos pensamientos: las desapariciones no eran sucesos sin algún vínculo entre sí. Algo las conectaba.

Las señales estaban en todas partes.

En las noticias.

En los rumores.

En las sensaciones del cuerpo.

En los cambios sociales.

Se instalaban en la mente, en las conversaciones, en la forma en que las personas miraban el entorno, como si alguien o algo las estuviera condicionando psicológicamente, como si algún demonio estuviera abrazando sus mentes.

Cuando llegaba la noche, la actividad disminuía, pero la inquietud no desaparecía. Permanecía en la respiración antes de dormir, en la oscuridad de las habitaciones de los tambos, en el silencio de los pensamientos.

Sabemos que hay presencias que no necesitan mostrarse, que se anuncian en pequeños movimientos de la realidad, como el “yakuruna”, que a medida que le rinden culto, sigue creciendo en poder y dominio.

Tanto así, que es capaz de generar convicciones que nadie formula en voz alta:

“Lo que habita en las aguas nunca se queda satisfecho, ninguna entrega cierra completamente el ciclo ni el portal por donde lo invocaron”

Mientras tanto, sepamos que el llamado sigue vigente, invisible entre estas líneas, pero esperando pacientemente que tú, estimado lector, te sometas ante él y te conviertas en uno más del séquito, y cometas actos atroces e innombrables.

Gary Mori

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