La comunidad se partió en un silencio absoluto y una incomodidad perceptible.
Unos negaban, otros sabían. Entre ambos bandos, el silencio se hizo tan denso que respirar requería fuerza de voluntad. Las casas de los que habían pactado no brillaban. La calamina de sus techos no reflejaba el sol, lo devoraba con un hambre voraz. El cemento de sus paredes no reparaba daños del pasado, que seguían vivos a pesar del tiempo.
Los que no habían pactado observaban desde las mismas ventanas de siempre. Sus casas seguían goteando, sus techos seguían siendo los mismos. Pero ahora, al mirar hacia afuera, veían que la pobreza era una forma de evidencia: no habían sido seleccionados. No para el pacto. No para la entrega. No para la recompensa. Esta exclusión dolía más que cualquier tipo de envidia. Significaba que aún no habían ofrecido algo suficientemente valioso. Que el yakuruna aún no los consideraba dignos de negociar.
Los prosperados caminaban con zapatos que dejaban huellas notablemente marcadas. Como si arrastraran, de forma invisible, la culpa de lo que habían entregado. O de lo que habían autorizado que se tomara. Sus manos, al estrecharlas, transmitían una humedad que no se secaba. Una humedad que olía a velorio de ahogado, a piedra mojada, a boca de animal.
Cuando sonreían, el gesto duraba exactamente lo mismo en todos: cinco segundos.
Ni más, ni menos. Como si hubieran olvidado cómo calcular la duración normal del tiempo.
Una tarde, el comerciante (ese que antes era humilde, ahora dueño de unas flores que parecían casi hechas del mal) miró hacia la calle desde su jardín. Las bugambillas que regaba eran blancas, tan blancas que dañaban la retina del que las observaba. Él no saludó. Solo sostuvo la mirada de quienes pasaban mientras movía el balde en círculos, y el agua caía sobre tierra que parecía no humedecerse: parecía más ansiosa, como boca hambrienta que sabe que será alimentada. En ese intercambio de miradas, todos comprendieron: él sabía que ellos estaban observando, calculando, que el pueblo entero funcionaba ahora como juicio de miradas furtivas, de evaluaciones silenciosas, de preguntas que no se formulaban porque la respuesta ya se conocía.
En las noches, los esposos volvían tarde. Las suelas de sus zapatos estaban limpias. Demasiado limpias. Como si alguien las hubiera lavado con cuidado, con agua de río, quitando el barro, pero dejando el olor. No explicaban. No preguntaban. Se acostaban mirando hacia arriba, hacia los techos que goteaban y hacían resonar el sonido del agua que caía.
La fractura no estaba en el pueblo. Esa fractura estaba en la certeza de que existía y funcionaba. Que el pacto era eficiente. Que el yakuruna administraba una prosperidad tangible, visible, indiscutible, sin necesidad de mostrar su forma. El horror no era el monstruo: era la evidencia de que el monstruo no necesitaba terror para reinar. Que bastaba con ofrecer riqueza, conocimientos, bienes materiales y hasta poderes chamánicos (sobrenaturales). Que el silencio del pueblo no era miedo: era cálculo preciso. Cada habitante evaluando qué podía sacrificar. Qué podía autorizar. Qué pequeño cuerpo, qué memoria, qué pedazo de alma podía envolver en tela y dejar sobre una roca.
La desesperación no llegaba como llanto. Llegaba como un peso en los hombros de todos. Como la imposibilidad colectiva de no poder respirar o decidir. Como la certeza de que el río ya había elegido quiénes serían útiles, y que esa utilidad, tarde o temprano, sería reclamada.




