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Cuando la solidaridad estorba y la gratitud se queda sin oxígeno

Hay dolores que no admiten ensayo ni retórica, porque no son espectáculo. El dolor de una madre viendo a su hija luchar contra la leucemia, internada en una sala de oncología, con un pronóstico que no promete milagros sino resistencia, debería ser uno de ellos. Debería. Pero en este país, y quizás en este mundo, incluso el sufrimiento ajeno puede convertirse en un campo de batalla donde algunos disparan palabras sin medir consecuencias, como si la dignidad humana fuera un blanco móvil y prescindible.

La historia es simple, aunque su desenlace resulte grotesco. Una niña enferma. Una madre acompañándola en Lima, con el alma desgarrada. Un padre que se queda atrás, no por desamor, sino por la aritmética cruel de la pobreza. Y entonces irrumpe, como casi siempre, lo único que aparece cuando el Estado no llega: la solidaridad ciudadana. Esa fuerza imperfecta, desordenada, pero profundamente humana que se activa cuando alguien decide no mirar al costado.

Así entra en escena el Comité de Damas Manos Unidas, liderado por Mirian Pinchi Daza. Una mujer que no necesita presentaciones entre quienes conocen el trabajo silencioso, agotador y poco glamoroso de tocar puertas, salir a las calles, caminar mercados, extender la mano y recoger monedas que luego se transforman en esperanza. Porque cuando alguien pide ayuda, ella no pregunta cuánto le costará, sino cómo puede empezar. Con sol o con lluvia, con cansancio o enfermedad propia, ella sale. Y cuando no alcanza, pone de su bolsillo. Porque su compromiso no es de palabra: es de hechos.

La ayuda se organizó como se hace siempre: con transparencia. Se difundió el caso para llegar a más personas. Se facilitó el número de la madre para que cualquier aporte vía Yape fuera directo. Sin intermediarios, sin rodeos, sin sombras. Hasta que algo se torció y no fue el sistema. Fue el corazón humano cuando decide desconectarse del cerebro.

Lejos de la gratitud, o al menos de la prudencia; lejos de una actitud asertiva, dialogante, humana, la madre, en su propia vulnerabilidad, decidió empuñar el arma más barata y más destructiva de nuestra época: Facebook. Publicaciones incendiarias. Acusaciones lanzadas como piedras. Difamación convertida en entretenimiento público. El honor de una mujer mancillado con la ligereza de quien escribe sin pensar, habla sin medir y acusa sin pruebas.

Ahí es donde la tragedia deja de ser solo médica y se vuelve moral. Porque una cosa es el dolor (legítimo, comprensible, desgarrador) y otra muy distinta es usar ese dolor como licencia para destruir. El sufrimiento no nos da patente para la injusticia. Y la vulnerabilidad no convierte la mentira en verdad ni el ataque en virtud.

Resulta casi irónico, por no decir obsceno, que en tiempos donde se clama por empatía, algunos practiquen la crueldad con una facilidad escalofriante. Como si ayudar fuera sospechoso. Como si la solidaridad, en lugar de ser agradecida, mereciera ser arrastrada al escarnio y lapidada en la hoguera del linchamiento moral.

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