Clima no disponible
1 PEN = 0.297 USD|1 USD = 3.362 PEN

El árbol de las veinte ramas

La selva, que un día intentó cobrarle la vida en los colmillos de la feroz loro machaco, terminó rindiéndose ante la descendencia de Francisco del Castillo Vásquez. 

El tiempo, ese que don Francisco había comprado vendiendo su bote, dio su cosecha más generosa bajo el cielo de San Martín; no en la chacra de Paujilzapa, sino en Tarapoto, la ciudad que un día lo retuvo enfermo y que terminó convirtiéndose en el nido definitivo de su linaje.

Los nietos llegaron en oleadas, como los caudales del Huallaga en tiempo de lluvia, extendiendo una línea de sangre terca y vigorosa.

 El árbol familiar comenzó a ramificarse con fuerza a través de su primogénita, Elder, quien le dio tres nietos: Romy, Elmar y Carlos, este último asentado hoy en las faldas de la imponente Torre Eiffel, en el mismo París.

Pronto, la nueva generación del Castillo Morey, abrió trocha por completo. Llegó Moisés, trayendo el alboroto del primer llanto, y detrás de él, la tierra bendijo al patriarca con la dulzura de Rosy y la música en el nombre de Roberto Carlos. 

Con los años, la casa se llenó con las risas de Gina, las travesuras de Rafico, la luz de Leslie y la fuerza de Fernando.

El canto del hogar se multiplicó con la llegada de Mayre, Lelis, Elena, Olga, Natalia y Anita. Finalmente, el brote más joven consolidó el bosque humano con un nuevo Francisco —bautizado así para que el nombre del abuelo jamás se lo llevara el olvido—, seguido por la energía de Oliver, el ímpetu de Luis y el pequeño Marcelo.

Don Francisco, el hombre de manos curtidas por el remo y el cabo del machete, tuvo que aprender una nueva delicadeza. Aquellos dedos que antes desafiaron ríos bravos ahora sostenían la fragilidad de veinte vidas nuevas. Sostenerlos fue su victoria definitiva sobre el monte: cada nieto se convirtió en un puente más largo y duradero que cualquiera de sus botes, uniendo su pasado de herbolario con un futuro que hoy gatea y camina sobre suelo firme.

Hoy, a sus 98 años de edad, don Francisco sigue de pie. Su mente permanece lúcida, como un río limpio que no se enturbia con los años. Sentado en su hamaca, contempla el bosque humano que sembró. La selva sigue prestando la vida, pero a él se la otorgó en abundancia. Don Francisco ya no le debe nada al monte; ahora es la tierra la que le rinde un profundo respeto a su memoria viva.

Comparte esta publicación:

Facebook
X
LinkedIn
WhatsApp