Hay una frase que persigue a lasadles modernas con la insistencia de un vendedor de planes telefónicos: “Pero antes las mujeres tenían ocho, nueve, diez hijos, cocina bañen leña, lavaban a mano y no esquejaban”.
Claro. Y antes también se creía que descansar era un lujo y no una necesidad. Existe una extraña fascinación por romantizar el agotamiento femenino, como si el cansancio de nuestras madres y abuelas hubiese sido un patrimonio cultural que debemos honrar en silencio.
Como si la maternidad tuviera que doler para ser válida. Como si decir “estoy agotada” “estoy estresada” “no puedo más” te convierte en una madre que solo se queja y que quiere llamar la atención. Y ahí estamos nosotras, las mujeres de esta generación, intentando cumplir todos los roles sin que se nos corra el delineador de la dignidad.
Porque ser madre hoy no es únicamente criar hijos. Es criar hijos mientras respondes correos y llamadas. Mientras piensas en la lonchera del día siguiente. Mientras recuerdas que mañana hay actuación escolar y que el uniforme sigue húmedo porque no te dio tiempo de tender la ropa. Es trabajar ocho horas y luego llegar a otra jornada laboral donde el sueldo se paga en besos pegajosos y dibujos hechos con crayolas mordidas. La maternidad moderna tiene algo de circo elegante y algo de supervivencia olímpica.
Uno aprende a sostener una reunión por Zoom mientras un niño grita desde el baño que “mamáaa, ya terminé”. Aprende a maquillarte en cinco minutos, a recalentar café siete veces y a desarrollar la habilidad sobrenatural de detectar fiebre con solo tocar una frente en la oscuridad. Y aun así, pareciera que no tenemos derecho a decir “estoy cansada”.
Porque siempre aparece alguien a recordarnos que antes las mujeres podían con todo. Sí, podían… Pero nadie pregunta cuánto les costó. Nadie habla de aquellas mujeres que lloraban en silencio mientras lavaban ropa. De las que normalizaron el dolor porque no tenían tiempo para desmoronarse. De las que confundieron fortaleza con obligación porque el mundo jamás les ofreció otra opción.
Nuestras madres y abuelas fueron gigantes, sí. Pero muchas veces tuvieron que serlo por necesidad, no porque la vida fuera más sencilla ni porque vinieran con un manual de paciencia infinita escondido entre las recetas del arroz con pollo. Idealizar su sacrificio no debería convertirse en una competencia absurda donde gana la mujer que más se destruye sin pedir ayuda.
Porque las realidades cambian. Antes quizá había menos correos electrónicos, menos presión social, menos exposición, menos culpa digitalizada en redes sociales donde todas parecen madres perfectas con loncheras decoradas como obras de arte renacentista. Ahora las mujeres no solo crían hijos. También sostienen hogares económicamente, estudian, trabajan, emprenden, atienden reuniones, pagan cuentas, recuerdan vacunas, hacen tareas escolares y encima intentan verse emocionalmente estables mientras el mundo les pregunta por qué lucen cansadas.
Una ternura, la verdad. Y aun así, seguimos. Seguimos porque el amor tiene una fuerza absurda. Porque hay algo profundamente poderoso en una madre que, incluso agotada, encuentra energía para escuchar una historia sobre dinosaurios a las once de la noche. Porque aunque el cuerpo pida tregua, el corazón siempre encuentra otra reserva invisible.
Eso no significa que no duela. A veces sí duele. Duele sentirse insuficiente cuando no alcanzan las horas. Duele querer ser excelente profesional sin perderse la actuación del colegio. Duele sentir culpa por trabajar y culpa también por detenerse. La maternidad viene con un paquete completo de amor infinito y cuestionamientos existenciales gratuitos.
Pero quizá el problema nunca fue el cansancio. Quizá el problema es que durante años nos enseñaron que una buena madre debía poder con todo… sola. Y no. No deberíamos premiar el agotamiento como medalla de honor.
No tendríamos que aplaudir que una mujer se rompa en silencio mientras sostiene el mundo entero con una mano y prepara loncheras con la otra. Porque pedir ayuda no nos hace menos madres. Decir “hoy no puedo” no nos vuelve débiles. Y admitir que la maternidad es hermosa pero agotadora no significa amar menos a nuestros hijos. Significa que somos humanas.
Las mujeres de hoy no son menos fuertes que las de antes. Solo son mujeres viviendo otros tiempos, otras presiones y otras batallas. Y aun así, hacen magia. Porque hay magia en levantarse cansada y seguir. En trabajar todo el día y todavía llegar con abrazos para repartir. En postergar el descanso para revisar tareas, buscar medias perdidas o espantar monstruos imaginarios debajo de una cama. Hay heroísmo en esas cosas pequeñas que nadie aplaude. Y tal vez ha llegado el momento de dejar de comparar maternidades como si fueran olimpiadas del sufrimiento femenino. Nuestras madres hicieron lo mejor que pudieron con lo que tenían. Nosotras también. Y si algo permanece intacto entre generaciones no es el silencio, ni el sacrificio romántico, ni la competencia por quién soportó más. Lo único que no cambia es el amor. Ese amor terco que hace que una mujer pueda sentirse rota y aun así convertirse en refugio.
Ese amor que encuentra fuerzas donde ya no queda nada. Ese amor que, generación tras generación, sigue sosteniendo hogares enteros aunque el mundo insista en llamarlo simplemente “instinto maternal”. Porque ser madre, trabajar, sonreír y no colapsar…sigue siendo el deporte extremo mejor normalizado.



