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El infierno también tiene nombre de santo

Hay lugares donde Dios aparece en el cartel de la entrada, pero el diablo cobra la mensualidad.

El problema no es la fe. El problema es cuando la fe se vuelve coartada.

Jhon Willer Grandez Aguilar, un joven de 18 años, entró a un centro de rehabilitación buscando (o siendo empujado quizá por su familia) algo tan simple como una segunda oportunidad. El lugar se llamaba “Jesús Sí Cambia”. El nombre suena a promesa. A milagro. A redención.

Pero aquella madrugada del 25 de febrero de 2026, lo que cambió no fue su vida. Fue su estado civil: de vivo a muerto.

Las investigaciones del Ministerio Público relatan una escena que parece escrita por un guionista enfermo o por alguien que cree que la crueldad no tiene límites. Pero no es ficción. Es Tres de Octubre, una localidad a menos de diez minutos de Tarapoto. Es San Martín. Es ahora.

Entre la una y las cinco de la madrugada, según el testimonio de un testigo, el joven fue sometido a una golpiza colectiva. Puñetazos en la cara. Rodillazos en las costillas. Pisotones en el cuello. Cuando los golpes no bastaron, apareció la creatividad del sadismo: le metieron primero un bividí en la boca, luego un calzoncillo. Todo amarrado con sábanas para que no gritara.

Porque el sufrimiento, al parecer, debía ser silencioso.

Después lo amarraron en una posición llamada “juane”, una ironía macabra para esta región amazónica. Pies y manos hacia atrás, el cuerpo encorvado, otra sábana sujetándole el cuello para mantener la cabeza levantada. Inmovilizado como un animal antes del sacrificio.

Y aun así lo siguieron golpeando.

Golpes cuando ya tenía los ojos reventados.

Golpes cuando el cuerpo empezó a rendirse.

Golpes cuando probablemente ya estaba muriendo.

El informe fiscal dice que murió por estrangulamiento. Pero en realidad murió mucho antes.

Murió cuando alguien decidió que “rehabilitar” era sinónimo de torturar. Murió cuando el dolor se volvió método terapéutico.

Murió cuando un grupo de adultos creyó que la violencia era una herramienta espiritual. Murió cuando el Estado decidió mirar hacia otro lado.

Porque aquí aparece la pregunta incómoda:

¿Quién autoriza estos centros?

En la selva, como en muchas partes del Perú, los centros de rehabilitación brotan como hongos después de la lluvia. Algunos tienen nombres que parecen títulos de sermón: “Cristo Libera”, “Dios es Amor”, “Jesús Restaura”, “Nueva Vida en Cristo”.

Suena hermoso hasta que uno entra. Habitaciones hacinadas. Colchones húmedos. Baños nauseabundos. Internos convertidos en vigilantes. Castigos físicos disfrazados de disciplina. Humillación convertida en terapia.

Espacios donde, francamente, ni un perro aguantaría una semana.

Y, sin embargo, ahí terminan jóvenes con adicciones, problemas conductuales o crisis familiares. No porque los padres sean crueles. Al contrario: porque están desesperados. Porque cuando una familia ya no encuentra ayuda en hospitales, psicólogos o programas públicos, termina tocando la puerta de cualquier lugar que prometa salvación.

Y esos lugares saben explotar la desesperación.

Curan con golpes.

Evangelizan con gritos.

Rehabilitan con tortura.

El caso de Jhon Willer destapó algo peor que la muerte de un joven: destapó el sistema de silencio que protege estos lugares. Porque apenas salió a la luz este horror, las autoridades fueron alertadas de que en el distrito de Juan Guerra existe otro centro en condiciones incluso peores, con denuncias de violencia similares.

Y aquí viene lo verdaderamente perturbador. Una semana después, nadie hace nada.

Nadie clausura.

Nadie interviene.

Nadie rescata a los internos.

Es como si el Estado estuviera esperando el siguiente cadáver para actuar. Como si la burocracia necesitara otro muerto para completar el expediente.

Siete personas fueron recluidas en el penal de Tarapoto para cumplir nueve meses de prisión preventiva. Tres implicados más enfrentarán la investigación en libertad, entre ellos la directora del centro y su hija, acusadas de ordenar la agresión y luego intentar lavar la escena con agua y lejía, como si el cloro pudiera borrar un crimen.

Lejía para borrar sangre.

Lejía para borrar excremento.

Lejía para borrar un crimen.

Pero hay manchas que no se quitan. Ni con cloro. Ni con rezos. Ni con discursos oficiales.

Porque el problema no es solo un centro. El problema es el vacío de control.

¿Quién supervisa estos lugares?

¿Quién verifica lo que ocurre dentro?

¿Quién protege a los internos?

En teoría, deberían intervenir municipalidades, salud, fiscalización, programas sociales, ministerios, pero, en la práctica, estos centros viven en una zona gris: demasiado religiosos para que el Estado quiera meterse, demasiado privados para que alguien asuma responsabilidad, demasiado invisibles para que la sociedad los mire.

Hasta que aparece un cadáver y entonces todos se sorprenden.

Pero lo verdaderamente sorprendente no es que esto haya pasado. Lo verdaderamente sorprendente es que no pase más seguido. Porque cuando el dolor se institucionaliza y la violencia se vuelve rutina, la muerte deja de ser accidente y se vuelve consecuencia.

Después de este crimen, hay preguntas que no deberían dejarnos dormir tranquilos:

¿Cuántos “Jesús Sí Cambia” existen todavía?

¿Cuántos jóvenes están siendo “rehabilitados” a golpes en este mismo momento? ¿Y cuántos más tendrán que morir para que alguien decida, de una vez por todas, abrir esas puertas y mirar lo que ocurre adentro.

Aquí no solo murió un joven.

Murió también la excusa de no saber qué ocurre detrás de esas puertas: ese infierno que no huele a azufre, sino a lejía.

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