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El largo sendero de Panchín: Entre la selva y el hospital

Tras cuatro días de una agónica disputa contra la muerte, el pueblo se unió en un solo cuerpo. Con maderas rústicas armaron una camilla y, al amparo de la noche, emprendieron la marcha hacia el distrito de Buenos Aires, un destino oculto a unas tres horas de sendero sinuoso.

Tendido en aquel lecho improvisado, Panchín bebía los brebajes que el curandero le había preparado, mientras grababa en su memoria una advertencia rotunda: no debía mirar la luz de la luna, pues sus destellos quebrarían la fuerza de sus ojos.

El avance nocturno, bajo el pálido resplandor lunar, componía una estampa desgarradora. El enfermo sufría la humillación de sus propias necesidades biológicas en mitad de la nada, pero allí, como un faro inamovible, caminaba la valerosa Lui, la esposa que jamás se apartó de su costado.

Al despuntar el quinto día, el grupo alcanzó finalmente el puerto de Buenos Aires. Allí aguardaron al motorista de un bote que condujo a Panchín río abajo, surcando las corrientes hasta la desembocadura del río Mayo. En ese punto, el tiempo se estancó en una espera de horas, aguardando el paso del único vehículo que cubría la ruta entre Shapaja y Tarapoto.

Fue recién al séptimo día cuando Panchín logró ser internado en el hospital para iniciar su tratamiento médico. Sin embargo, al no registrar mejoría, el médico tratante planteó una solución drástica: amputarle el brazo. Panchín, aferrado a una dignidad indomable, rechazó la propuesta de inmediato. Sentenció que, si el destino dictaba su muerte, partiría entero, completo y jamás mutilado.

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