A los 98 años, Francisco del Castillo Vásquez —el querido «Panchín»— sigue siendo el reflejo de una vida íntegra, llena de satisfacciones, honestidad y una profunda humildad que le ha valido el respeto de cada rincón donde dejó huella.
Nacido para el trabajo y bendecido con el don de la amistad, Panchín se convirtió en un hombre de mil oficios: agricultor, chapanero, pescador y un hábil constructor de casas de tapial. Ejemplo de ello es aquella emblemática vivienda de la cuadra tres del jirón Sofía Delgado de Tarapoto, la cual levantó con sus propias manos y aún sigue desafiando al tiempo en pie.
Ese inmenso legado de amor, trabajo y rectitud no solo marcó la vida de sus hijos, sino que hoy se extiende con orgullo hacia las nuevas generaciones. Su nieto, Roberto Carlos, es la viva continuidad de sus enseñanzas, su respeto por la familia y su ejemplo de bien.
La lección del maní
La complicidad familiar se forjó desde la infancia, entre madrugadas y caminos hacia la chacra. Una de las anécdotas más vivas ocurrió al otro lado del río Huallaga, en el Chumía, durante una jornada de siembra de maní.
Su nieto, con apenas nueve años, recibió su porción de semillas y empezó la faena sintiéndose un chacarero completo. Sin embargo, al pasar las horas, el sol abrasador del oriente hizo lo suyo; el cansancio lo dejó rezagado metros atrás del resto de los peones. Para terminar rápido, al pequeño se le ocurrió llenar los huecos con puñados enteros de maní.
Al ver la tarea concluida en minutos, Panchín, entre asombrado y enfadado, sentenció con la sabiduría del campo:
—»Los resultados de tu siembra los vamos a ver cuándo la planta esté grande. Pobre que sea un arbusto, porque tú solo vas a cosechar toda la chacra».
Lejos de amedrentarse, el pequeño respondió con audacia:
—»No hay problema, yo lo haré», encendiendo aún más el temperamento de su abuelo.
Cerca de un siglo de luz
Hoy, la vida les regala el privilegio infinito de sentarse juntos a recordar aquel momento. A sus 98 años, el viejo del alma sonríe con infinito agrado. Mira a su hijo nieto y, ante la mirada cómplice y afectuosa de Roberto Carlos, exclama con esa chispa de picardía que el tiempo no ha podido apagar:
—“¡Pendenciero eras!”.
Una vida ejemplar, un mentor entrañable y un amor de padre y abuelo que hoy celebra casi un siglo de luz, historias y un legado inquebrantable, cobijados bajo el calor y la paz de su hogar en Chirapa.
Roberto Carlos Medina
Periodista



