Clima no disponible
1 PEN = 0.297 USD|1 USD = 3.362 PEN

EL NOMBRE QUE SE LLEVÓ EL VINO

En 1958, el hogar de los Del Castillo-Morey se llenó de una luz distinta. María Luisa Morey Leveau daba a luz a su cuarto hijo, una niña de piel trigueña y ojos vivaces que, desde el primer llanto, ya desbordaba coquetería. Panchín, exacerbado por la emoción, no encontró mejor cauce para su alegría que perderse con sus amigos entre botellas de vino y brindis interminables.

La algarabía por la llegada de su segunda hija con Luchita fue tal, que el alba lo encontró con los sentidos nublados. Así, bajo el sopor del alcohol y el cansancio de la jarana, se presentó ante el registro civil. Al estar frente al papel en blanco, el nombre que habían pactado en la intimidad del hogar se le escapó de la memoria.

—No recuerdo qué nombre era —confesó aquel hombre de mil oficios, derrotado por la resaca.

—Don Panchito, póngale el de la madre —sugirió la registradora, vecina de la familia—. Además, María Luisa es un nombre hermoso.

Y así, por un azar del destino y los vapores del brindis, ella se convirtió en la única de los hermanos en cargar con un nombre compuesto.

Hoy, desde el sosiego de su mesa en Chirapa —en el corazón de Lamas—, María Luisa del Castillo evoca aquel bautismo fallido. Sus padres habían soñado con llamarla Libertad. Pero aquel día, con la mente nublada, Panchín tomó otro rumbo: “Señorita, que se llame como su madre; no recuerdo el nombre que acordamos con mi mujer”.

María Luisa, cuyo rostro es el vivo reflejo de Luchita pero en una tez más oscura, reflexiona con una sonrisa: “Pude haber sido Libertad, una mujer libre y empoderada; pero abrazo ser María Luisa, como mi madre: una mujer luchadora, fuerte y de mil facetas”.

Como profesora cesante, sus recuerdos fluyen con nitidez hacia la figura de su madre, partida hace casi diez años por la sombra de una negligencia médica. Hay un dolor silencioso en sus palabras al pensar que, quizás, Luchita aún caminaría por Chirapa junto al “viejo”, como solía llamar a su compañero.

Ahora es Panchín quien vive su propia libertad, cobijado por los cuidados de su hija y de Ramón, su yerno, quien lo quiere con la devoción de un hijo. “Ramoncito, ¿dónde estás?”, pregunta el anciano buscando el ancla de su voz. Y Ramón, con esa picardía que alivia los años, le responde: “Viejo, aquí estoy. Ya voy con el jengibrechado; le puse miel y limoncito”.

“Está bien, hijo”, susurra Panchín. Ya no queda mucho de aquel “todoterreno” incansable, pero su presencia sigue siendo el eje del hogar.

—Mi consuelo es darle calidad de vida. Está fuerte, lúcido a sus 98 años y goza del aire de este pueblo —dice María Luisa con una nostalgia que se mezcla con la paz del paisaje de Lamas.

Comparte esta publicación:

Facebook
X
LinkedIn
WhatsApp