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«El oído interno de la naturaleza»

Hace poco pensé en una analogía que cambió mi forma de mirar los humedales. Son como el sistema vestibular del cuerpo humano: ese pequeño órgano ubicado en el oído interno que, junto con los otolitos, nos permite mantener el equilibrio. Mientras funciona correctamente, nadie recuerda que existe; pero cuando falla aparecen el vértigo, la desorientación y las caídas.

Con los humedales ocurre exactamente lo mismo.

Su trabajo casi nunca se ve. Almacenan agua durante las lluvias, la liberan lentamente en épocas secas, reducen inundaciones, alimentan acuíferos, regulan la temperatura, albergan biodiversidad y mantienen el equilibrio del territorio. Solo comprendemos su verdadero valor cuando desaparecen y comienzan los problemas.

Por ello constituye una excelente noticia que el Gobierno Regional de San Martín haya culminado la inscripción registral de las ZoCRE Laguna Andiviela, en Morales, y Laguna Totorillayco, en Juan Guerra, incorporándolas formalmente al patrimonio del Estado como espacios destinados a la conservación y recuperación de ecosistemas.

Junto con Ricuricocha, estos humedales forman parte del sistema natural de la subcuenca del Cumbaza. No deben entenderse como áreas aisladas, sino como una red ecológica que sostiene el equilibrio hídrico y ambiental de nuestras ciudades.

Sin embargo, la inscripción registral representa apenas el primer paso. El verdadero reto será gestionarlos de manera integral, articulando el ordenamiento territorial, la planificación urbana, la conservación y la participación ciudadana. Los vecinos pueden convertirse en sus principales guardianes, vigilando, denunciando amenazas y promoviendo una convivencia responsable con estos ecosistemas.

Las autoridades regionales y municipales que elegiremos en octubre de 2026 recibirán una responsabilidad histórica: comprender que los humedales no son terrenos disponibles para futuras expansiones urbanas, sino infraestructura natural indispensable para la seguridad hídrica, la adaptación al cambio climático y la calidad de vida de la población.

No heredamos ciudades terminadas; heredamos territorios vivos. Y un territorio que pierde sus humedales comienza, silenciosamente, a perder la capacidad de cuidar a quienes lo habitan.

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