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EL PAÍS DEL “MAL MENOR”

Ayer me desperté como quien va a un velorio, pero con DNI en mano.

No había nada heroico en aquel domingo electoral. No había orgullo cívico. No había esa emoción patriótica que los spots electorales intentan vendernos con música de violines, banderitas flameando y ciudadanos sonrientes caminando en cámara lenta hacia la mesa de sufragio.

No.

Lo que había era gastritis emocional.

La segunda vuelta del 7 de junio de 2026 amaneció con olor a resignación. A café recalentado. A “ojalá no nos vaya tan mal”. A ese deporte nacional llamado votar con miedo.

Porque en el Perú ya no elegimos presidentes: elegimos catástrofes administrables.

Y así, mientras el país entero debatía cuál de los dos candidatos destruiría menos rápido lo poco que queda de nuestra paciencia, yo manejaba mi motocicleta con ese vacío existencial de quien sabe que la democracia se parece cada vez más a una ruleta rusa… pero con más presupuesto publicitario.

En el camino, el silencio me acompañaba como una deuda de Infocorp: persistente, incómoda y muy peruana.

Entonces, en medio del tráfico, mientras el semáforo se ponía rojo (porque hasta las luces de tránsito parecían solidarizarse con el ambiente funerario nacional) una vocecita desde el asiento delantero rompió el drama:

¿Qué tienes, mamá?

Y ahí estaba yo, intentando explicarle a un niño de cuatro años por qué un país entero llevaba meses insultándose en televisión nacional, por qué las familias se dividían por candidatos que probablemente ni sepan el nombre de sus votantes y por qué las redes sociales se habían convertido en un basural emocional con WiFi.

Le dije: “Estoy preocupada porque hoy elegiremos al próximo presidente del Perú.

Y entonces ocurrió lo único esperanzador de toda la campaña electoral. Con esa inocencia gloriosa que solo tienen los niños (y los que todavía no ven debates presidenciales) me respondió: “Yo voy a ser presidente”.

Confieso que me reí y no fui la única, las personas a mi costado soltaron una carcajada más fuerte que cualquier encuesta de IPSOS. Porque claro, en un país donde los candidatos se acusan mutuamente de corruptos, delincuentes, comunistas, fascistas, ignorantes, vendidos, improvisados y probablemente extraterrestres… escuchar a un niño decir que quiere ser presidente sonaba como el único discurso honesto de toda la campaña.

Pero después vino el golpe emocional.

Le dije: “Si eso quieres, hijo, así será. Pero tienes que ser un buen hombre. Un político que trabaje para el pueblo y no para sus bolsillos.”

Y entonces él, muy serio, sacó un sol que su papá le había regalado. Un sol. Una moneda. La unidad económica básica de nuestra tragedia nacional. Y me dijo: “Ya tengo un sol, no te preocupes mamá”.

Yo no sé si el Perú merece niños así. Porque este país tiene una extraña costumbre de triturar inocencias para convertirlas en militancias. Aquí los ideales duran menos que las promesas de campaña. Aquí la ética política es una leyenda urbana. Aquí los candidatos hablan de moral mientras esconden cadáveres políticos debajo de la alfombra institucional.

Y aun así, un niño de cuatro años creyó que con un sol ya estaba listo para ayudar al país. Mientras tanto, algunos adultos necesitan ministerios completos para seguir robando.

Llegué a votar casi a las tres de la tarde. Tarde, como llegan siempre las soluciones en el Perú. Con la esperanza prestada por mi hijo, pero todavía con ese retorcijón en el estómago que dejaron estas elecciones miserables.

Qué campaña tan indecente hemos vivido. Una competencia olímpica de miserias humanas disfrazadas de propuestas políticas.

Audios filtrados.
Insultos.
Noticias falsas.
Operaciones psicosociales.
Periodistas convertidos en activistas.
Activistas convertidos en inquisidores.
Moralistas con prontuario.

Y candidatos capaces de vender hasta a la suegra por un punto porcentual.

Porque en esta campaña no vimos políticos buscando gobernar un país. Vimos sobrevivientes peleando por administrar los escombros.

Lo más aterrador no fue toda la basura que salió a flote. Lo verdaderamente aterrador fue que ya nadie se escandalizara. Porque el Perú ya normalizó todo. Ya nada indigna. Nada sorprende.

Un candidato puede tener investigaciones, denuncias, contradicciones, alianzas grotescas, discursos vacíos, propuestas absurdas y aun así encontrar ciudadanos capaces de aplaudirle mientras les vacían los bolsillos.

Porque hemos dejado de votar por esperanza.
Ahora votamos por odio.
Por miedo.
Por revancha.
Por trauma histórico.
Por TikTok.

Y aquí estamos otra vez: esperando días, semanas o quién sabe cuánto para tener un resultado oficial. Con un empate técnico que no refleja equilibrio democrático, sino una fractura emocional gigantesca.

Un país partido no en dos ideologías, sino en dos agotamientos. Porque el empate técnico no habla de fortaleza electoral. Habla de una población profundamente resignada. De ciudadanos que sienten que gane quien gane, igual perderemos todos.

Y quizá eso sea lo más doloroso de esta elección: la pérdida absoluta de ilusión. Antes discutíamos quién podía salvar al país. Ahora discutimos quién lo destruirá más lento.

Qué nivel de decadencia democrática nos llevó a convertir el “mal menor” en doctrina política oficial. Nos acostumbramos tanto a sobrevivir que olvidamos exigir dignidad.

Pero entonces recuerdo la moneda de un sol en la mano de mi hijo. Y su frase simple: “Ya tengo un sol.” Tan ingenua, tan pequeña, tan inmensamente más honesta que toda la campaña electoral junta.

Tal vez el Perú todavía no esté perdido mientras existan niños que crean que gobernar significa ayudar. Mientras existan personas capaces de reír en un semáforo en rojo. Mientras todavía podamos sentir miedo por el país y no solamente costumbre.

Porque el verdadero peligro no es un mal presidente. El verdadero peligro es convertirnos en ciudadanos incapaces de indignarnos.

Y ahí sí, señores, ya no habría segunda vuelta.
Habría entierro.

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