En el Perú, que aun cuando el voto es obligatorio, el nivel de ausentismo sigue creciendo todo el tiempo.
En un país donde el voto no es solo un derecho sino también una obligación legal, las cifras comienzan a contar una historia incómoda y persistente: cada vez más peruanos deciden no acudir a las urnas. El fenómeno no es nuevo, pero sí creciente. Y lo más preocupante es que ocurre en medio de una crisis política prolongada que ha erosionado la confianza en las instituciones.
De acuerdo con los datos de los últimos procesos electorales, la tendencia es clara. En las Elecciones Generales 2011, con un padrón de 19,949,915 electores hábiles, la participación alcanzó un sólido 84%, dejando un ausentismo relativamente bajo. Era, en ese momento, una señal de compromiso ciudadano que aún resistía.
Cinco años después, en las Elecciones Generales 2016, el escenario empezó a cambiar. Con 22,901,954 electores hábiles, la participación descendió a 82%, mientras el ausentismo se elevaba a 18%. Un ligero incremento que, visto en perspectiva, marcaría el inicio de una curva ascendente.

El quiebre más evidente llegó con las Elecciones Congresales 2020. En medio de una crisis institucional y la disolución del Congreso, el padrón creció a 24,799,384 electores, pero la participación cayó a 74%, mientras el ausentismo se disparó a 26%. Más de una cuarta parte del electorado decidió no votar, pese a las sanciones vigentes.
La tendencia se consolidó en las Elecciones Generales 2021, donde con 25,287,954 electores hábiles, la participación bajó aún más hasta 70%, y el ausentismo alcanzó un preocupante 30%. Es decir, tres de cada diez peruanos no acudieron a votar, en un contexto de alta polarización política y desconfianza generalizada.
Estas cifras no son solo números. Reflejan un proceso de distanciamiento progresivo entre la ciudadanía y el sistema político. La obligatoriedad del voto, que durante décadas garantizó altos niveles de participación, parece ya no ser suficiente frente al desencanto, la apatía o incluso la protesta silenciosa de quienes optan por no asistir.
En el fondo, el ausentismo no solo habla de quienes no votan, sino de lo que sienten: desconfianza hacia los partidos, falta de representación, hartazgo frente a la inestabilidad. En un país donde la democracia se sostiene sobre el acto de elegir, cada ausencia en las urnas es también una señal de alerta.
Y mientras el padrón electoral sigue creciendo elección tras elección, la pregunta se vuelve inevitable: ¿qué está fallando para que cada vez más peruanos prefieran no participar, aun cuando la ley los obliga?



