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Entre bombos y aguardiente, floreció la alegría de la gente “Don Balta y su pandilla”

Con trompetas curtidas por el tiempo y manos callosas endurecidas por la chacra, estos músicos populares llevaron música, fiesta y memoria a Moyobamba en sus barrios y distritos. Fueron hombres sencillos que hicieron bailar generaciones enteras bajo el sol, luz de luna, la lluvia y el susurro interminable de la selva.

La fotografía que acompaña esta crónica, retrata a una vieja banda de músicos populares. No hay trajes elegantes ni escenarios lujosos. Hay rostros serios, camisas sencillas, instrumentos gastados y miradas que parecen venir desde muy lejos, desde una época donde la música nacía más del corazón que del estudio académico. Son hombres del pueblo. Agricultores, vendedores, jornaleros, cargadores, padres de familia y trabajadores de campo que encontraron en la música una manera de celebrar la vida.

Sus manos no solo tocaban trompetas, bombo, trompeta, tambores y platillos; también sembraban yuca, plátano, arroz, cargaban sacos, abrían trochas y sobrevivían a los avatares de nuestra selva. Eran hombres todo terreno, curtidos por el sol y la lluvia, testigos de miles madrugadas largas y las fiestas eternas. Hombres de chelas, chuwuasi o puro aguardiente, de conversación franca, de sonrisa sencilla y espíritu generoso.

No fueron músicos de conservatorio. Fueron músicos de afición, de oído fino y memoria popular. Aprendieron entre fiestas patronales, carnavales y reuniones comunales. Su escenario fueron las calles polvorientas de Calvario, Belén, Zaragoza y Lluyllucucha, los bandos municipales, las procesiones religiosas de San Juan y San Pedro, del Señor de los Milagros y del Santo Pacucho, las retretas dominicales y las inolvidables pandillas amazónicas donde el pueblo entero se abrazaba al ritmo del bombo y la trompeta.

Aquella banda acompañó a generaciones de un pueblo que vibra con nostalgia aquellos años maravillosos de celebraciones, amanecidas y desfiles cívicos. Este grupo de hombres, tocaban cuando el pueblo sufría y también cuando el pueblo celebraba. Su música tenía selva, algo de río, algo de tierra mojada, humo de leña y algo de nostalgia. Bastaban unas cuantas notas para hacer bailar a cuatro o cinco generaciones enteras, desde los abuelos hasta los nietos que crecieron escuchando aquellas melodías en las calles de tierra y bajo las luces amarillas de lámparas y mecheros en las fiestas patronales.

Cada instrumento parece guardar historias de sacrificio y compañerismo. El bombo grande marca el pulso de una época donde la música se compartía sin pretensiones. Las trompetas y los metales, algo opacos por el tiempo, evocan las noches de retreta en la histórica plaza de Moyobamba. Los platillos y el redoblante anuncian comparsas, pandillas y entradas festivas que aún sobreviven en la memoria colectiva de los pueblos amazónicos.

Quizás muchos de ellos murieron en silencio, sin homenajes oficiales ni reconocimientos públicos. Pero existen personas humildes que perduran en la historia y en las venas de un pueblo. Hombres sencillos cuya grandeza no estuvo en la fama, sino en haber regalado alegría a su gente.

Porque mientras exista alguien que recuerde una pandilla bailada, una procesión acompañada con devoción o una fiesta animada por aquella popular banda, ellos seguirán vivos en el corazón de la gente de un pueblo que recuerda, su humildad, su entrega a cariño por la tradición de un pueblo que sigue danzando al ritmo de la pandilla de Don Balta…la última maestro!!!  Por:Beto Cabrera Marina.

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