🌤️ 27.3 °CTarapotolunes, junio 15, 2026
1 PEN = 0.297 USD|1 USD = 3.362 PEN

Entre piedras y excusas: el fracaso de las autoridades en Tarapoto

Tarapoto ya no duerme. Tarapoto calcula. Calcula si alcanza a cerrar la puerta antes de que aparezca la estampida de camisetas sudadas, gargantas inflamadas y machetes convertidos en argumentos filosóficos.

Seis y media de la tarde. Hora familiar. Hora en la que algunos regresan del trabajo, otros compran pan y otros, aparentemente, afinan el arte rupestre de lanzarse piedras como si estuvieran defendiendo Jerusalén y no un club que jamás sabrá que existen.

Ahí estaban otra vez: los gladiadores del subdesarrollo emocional. Guerreros de tribuna. Poetas del adoquín. Patriotas del “aguanta causa”. Armados con palos, piedras y machetes, porque la civilización les queda muy ajustada y la razón les produce alergia.

Muchos lugares han pasado de barrio a ring; de comunidad a zona de guerra amateur patrocinada por la indiferencia oficial.

Lo más impresionante no es la violencia. El Perú está tan acostumbrado a convivir con ella que ya casi la saluda por las mañanas. Lo verdaderamente extraordinario es la naturalidad con la que las autoridades contemplan el espectáculo.

Serenazgo llega cuando el eco de los gritos ya se fue. La Policía aparece con esa puntualidad histórica que caracteriza al Estado peruano: siempre tarde, pero con libreta en mano para registrar lo inevitable.

Mientras tanto, los vecinos se esconden. Cierran puertas. Apagan luces. Miran por las rendijas como quien presencia una tormenta tropical hecha de testosterona barata y fracaso institucional. Y los barristas corren por varias cuadras destruyendo la tranquilidad pública con la convicción heroica de quien cree estar defendiendo el honor de su camiseta, aunque probablemente ni puedan pagar la original.

Tarapoto y otros distritos se han llenado de barras bravas como de mototaxis: aparecen por todas partes, hacen ruido, ocupan espacio y nadie parece saber cómo controlarlas. Se han vuelto paisaje urbano. Folclore violento. Parte del ecosistema. Ya casi falta que la municipalidad las declare patrimonio cultural de la desidia.

Y cuidado con criticarlos, porque inmediatamente aparecen los románticos de la marginalidad diciendo que “son jóvenes sin oportunidades”. Curioso. Miles de jóvenes también carecen de oportunidades y no andan persiguiendo gente con machetes por las calles. La pobreza no fabrica delincuentes; la ausencia absoluta de límites sí.

El problema no es el fútbol. El fútbol es apenas la excusa estética para canalizar frustraciones más profundas. Lo que vemos en las calles es otra cosa: tribus urbanas alimentadas por la impunidad, por la falta de autoridad y por una sociedad que normalizó el miedo hasta convertirlo en rutina.

Porque ya nadie se sorprende. Ese es el verdadero fracaso. Un enfrentamiento más. Un video más circulando en redes. Un comunicado tibio. Una promesa de “mayor patrullaje”. Y luego nada. Absolutamente nada. La ciudad continúa mientras las autoridades practican ese deporte nacional llamado “pasarse la pelota”.

La municipalidad culpa a la Policía. La Policía culpa a la falta de personal. El Gobierno Regional culpa al contexto social. Y así, entre excusas perfectamente burocráticas, los vecinos terminan atrincherados en sus propias casas como si vivir en ciertos barrios fuera participar involuntariamente en una película de terror urbano de bajo presupuesto.

Resulta fascinante cómo el Estado puede ser implacable para cobrar impuestos, colocar papeletas o exigir trámites absurdos, pero increíblemente tímido cuando debe imponer orden. Ahí el Estado observa el caos con una tranquilidad ofensiva.

Y mientras las autoridades meditan sobre estrategias futuras, los barristas ya tienen tomada la calle. La calle que debería pertenecer al niño que juega, a la señora que vuelve del mercado, al estudiante que camina tranquilo. Pero no. Ahora pertenece al rugido tribal de muchachos que encontraron en la violencia un pasaporte hacia una identidad que nadie más les ofreció.

Tarapoto corre el riesgo de acostumbrarse demasiado a esta podredumbre. Y cuando una sociedad se acostumbra al miedo, empieza lentamente a pudrirse por dentro. Primero se normalizan las piedras. Luego los machetes. Después los muertos. Y finalmente el silencio.

Porque el miedo también educa. Enseña a no salir. A no mirar. A no denunciar. A no intervenir. Enseña que la calle ya no es del ciudadano, sino del más violento. Y cuando eso ocurre, la democracia urbana deja de existir.

Lo trágico es que todo esto era previsible. Las barras crecieron frente a los ojos de todos. Se organizaron, ocuparon espacios, sembraron terror episódico y probaron una y otra vez que podían actuar sin consecuencias reales. Cada incidente no sancionado fue un permiso tácito para el siguiente.

Hoy muchas calles viven secuestradas por pequeños ejércitos de la estupidez colectiva, donde la valentía consiste en atacar en grupo y la hombría se mide por quién arroja la piedra más grande.

Y las autoridades, por supuesto, observan. Tal vez esperando otro informe. Otra reunión. Otro comité multisectorial con coffee break incluido. Porque en este país la burocracia siempre llega impecablemente vestida al funeral de la prevención.

Sinceramente merecemos más que discursos reciclados y operativos simbólicos. Merecemos autoridades reales. Presencia permanente. Inteligencia policial. Recuperación de espacios públicos. Sanciones ejemplares. Pero, sobre todo, merecemos dejar de convivir con esta idea absurda de que la violencia barrista es una simple “travesura juvenil”.

No lo es.

Es una enfermedad social tolerada por autoridades anestesiadas y por una sociedad que empieza peligrosamente a resignarse.
Y cuando una ciudad se resigna, pierde mucho más que la tranquilidad.
Pierde la dignidad.

Comparte esta publicación:

Facebook
X
LinkedIn
WhatsApp