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JUGAR CON FUEGO YA NO ES UNA METÁFORA

A 38 grados, San Martín no necesita más incendios

Dicen que jugar con fuego es peligroso. En San Martín ya no es una metáfora: es casi una costumbre. Y con temperaturas que bordean los 38 grados, la broma dejó de tener gracia.

El calor aprieta, el pavimento quema, el cuerpo reclama sombra y hasta estacionar una motocicleta se ha convertido en una búsqueda desesperada de algún árbol que todavía tenga la gentileza de seguir vivo.

Porque aquí está el detalle: cada vez hace más calor y cada vez tenemos menos naturaleza que nos dé sombra. Qué maravillosa manera de avanzar: primero tumbamos los árboles, después nos quejamos del calor y finalmente buscamos desesperados un árbol para protegernos del calor que nosotros mismos ayudamos a fabricar.

Y mientras nosotros buscamos sombra, el fuego busca qué quemar.

El último fin de semana, San Martín volvió a arder. Varios incendios forestales se registraron en distintos sectores de la región, dejando a su paso hectáreas afectadas, árboles convertidos en ceniza y el fuego avanzando sin pedir permiso. Una vez más, las llamas hicieron de las suyas y nos recordaron, con humo y calor, que el incendio forestal ya no es una emergencia ocasional: se está convirtiendo en parte del paisaje que no deberíamos aceptar como normal.

Árboles frutales, pastizales y vegetación terminaron convertidos en ceniza.

¿La causa? En varios casos todavía no se conoce.

Pero tampoco hace falta ser Sherlock Holmes para sospechar de una costumbre que se repite como una mala película: quemar maleza, quemar basura, quemar pastizales, quemar para limpiar, quemar para habilitar.

Aquí el fuego tiene demasiados abogados defensores y ninguna defensa válida.

Siempre aparece alguien que dice: “Solo era un poquito”. Un poquito de basura. Un poquito de maleza. Un poquito de terreno. Un poquito de fuego.

Hasta que el poquito se convierte en hectáreas.

Y entonces llegan los bomberos.

Llegan con sus equipos, los pocos que todavía permanecen operativos, con sus mangueras gastadas por el uso y por años de indiferencia, con su experiencia y ese coraje que no se compra ni se improvisa. Llegan a enfrentarse a un enemigo que crece con cada ráfaga de viento y cada grado del termómetro. Y, sobre todo, llegan con algo que jamás debería exigírseles como moneda de cambio: su propia vida.

Los bomberos y las Brigadas Verdes tuvieron dificultades para atender simultáneamente las emergencias. Porque, claro, al parecer esperamos que nuestros bomberos sean una mezcla de Superman, Terminator y santo patrono de los irresponsables: que tengan equipos para todos, agua para todos, tiempo para todos y, por supuesto, una vida de repuesto por si la que arriesgan en cada incendio no alcanza.

Que apaguen todo.

Que lleguen a todos lados.

Que respiren humo.

Que soporten el calor.

Que se metan donde otros provocaron el desastre.

Y que, de ser posible, no se quejen.

La realidad es mucho más cruel. Un incendio forestal no es una fogata grande. Es una amenaza que se mueve. Corre con el viento, salta de un terreno a otro, consume vegetación, amenaza viviendas, destruye cultivos y convierte en humo aquello que tardó años en crecer.

Y en una región donde las temperaturas superan los 37 grados, jugar con fuego ya no es una metáfora.

Es una estupidez.

Porque el clima pone las condiciones y nosotros, muchas veces, ponemos la chispa.

Lo más preocupante es que este asunto se repite año tras año. Y cada temporada parece peor: más calor, más incendios, más hectáreas afectadas, más humo, más alarma y más fotografías de cerros ardiendo.

Y, aparentemente, la misma capacidad para olvidar cuando se apaga la última llama. Pero hay algo que deberíamos preguntarnos: ¿qué estamos quemando realmente?

¿Solo pastizales?

¿Solo maleza?

¿Solo árboles?

No. Estamos quemando nuestra propia capacidad de respirar, de regular el calor, de conservar agua, de proteger los suelos y de ofrecer refugio a los animales. Estamos quemando futuro.

Y quizá la escena más absurda de esta tragedia sea esta: destruimos un árbol para ampliar un terreno y después buscamos desesperadamente otro árbol para cubrirnos del sol.

La naturaleza tiene un sentido del humor bastante negro.

San Martín no puede acostumbrarse a que el menú del día sea “incendio forestal”. No puede convertirse en una noticia recurrente que aparece en los medios, provoca indignación durante unas horas y luego desaparece hasta el próximo humo.

Necesitamos prevención real, vigilancia, educación, sanción cuando corresponda y, sobre todo, una ciudadanía que entienda que quemar no es limpiar.

Quemar no es ordenar. Quemar no es avanzar. Y quemar un bosque para que no quede rastro de naturaleza no es desarrollo. Es borrar deliberadamente aquello que mañana vamos a necesitar para sobrevivir.

Porque el fuego no pregunta si detrás del terreno hay una casa. No pregunta si hay niños. No pregunta si hay animales. No pregunta si un bombero tiene suficientes equipos. No pregunta si el viento cambió de dirección.

El fuego simplemente avanza. Y nosotros seguimos jugando a acercarnos a él.

Quizá algún día, cuando el termómetro marque 40 grados y salgamos desesperados a buscar una sombra que ya no existe, comprendamos la ironía completa: no será que el infierno llegó a San Martín; seremos nosotros quienes, poco a poco, le fuimos preparando el terreno.

Y cuando ya no quede un árbol bajo el cual podamos escondernos del sol, tal vez descubramos demasiado tarde que el verdadero incendio nunca estuvo solamente en el bosque. También estaba en nuestra indiferencia.

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