La destacada bióloga sanmartinense y promotora de las orquídeas lleva décadas defendiendo la biodiversidad de la Amazonía peruana. Desde sus viveros en Moyobamba y Tarapoto, impulsa un mensaje que trasciende la floricultura: solo el conocimiento permitirá que las futuras generaciones aprendan a amar y conservar la riqueza natural que aún sobrevive en los bosques de San Martín.

En medio de un mundo que avanza entre cemento, carreteras y expansión urbana, la voz de Karol Villena emerge como un llamado sereno, pero firme, a mirar nuevamente hacia los bosques. La destacada bióloga y líder del vivero Orquídeas Agro Oriente dirige uno de los centros de cultivo y conservación de orquídeas más importantes del país, considerado además uno de los bancos de germoplasma más grandes del Perú. Entre sus viveros de Moyobamba y Tarapoto resguardan cerca de 200 mil plantas, más de mil especies de orquídeas, de las cuales 700 son nativas del Perú y unas 300 provienen de otros países. A ello se suman alrededor de 1,500 especies de otras plantas, entre ellas helechos, bromelias, heliconias y plantas carnívoras.
Entre las joyas botánicas que cultivan destaca la cotizada Phragmipedium kovachii, una de las orquídeas más emblemáticas y admiradas del mundo, junto a variedades de Cattleyas, bromelias y otras especies amazónicas que hoy forman parte de exposiciones internacionales. A través de Agro Oriente, Karol ha llevado el nombre del Perú y el latido verde de los bosques de San Martín a ferias y eventos especializados en Lima, Estados Unidos, Italia, Austria, Alemania, Venezuela, Japón y otros países donde el arte de cultivar orquídeas es también una forma de entender la vida.

Luego de su reciente experiencia en Alemania, la bióloga reflexiona sobre el enorme potencial que posee el Perú y sobre la necesidad urgente de trabajar de manera articulada. “Nuestro recurso de la orquídea debemos trabajarlo en equipo para mostrarle al mundo el potencial que tenemos”, sostiene. Durante años – confiesa – sintió que avanzaba sola, enfrentando incluso resistencia y desinterés. Sin embargo, hoy percibe que nuevas empresas y pequeños viveros comienzan a involucrarse en el cultivo y conservación de estas especies.
“Qué bueno que ya no voy a ser solo yo y que más personas se involucren para hacer crecer la floricultura y las orquídeas”, afirma con esperanza. Sueña incluso con que, en una o dos décadas, el Perú pueda convertirse en sede de una conferencia mundial de orquídeas. Aunque reconoce que aún falta mucho camino por recorrer, observa avances importantes.

Para Karol, el Perú posee una riqueza biológica excepcional que todavía no logra dimensionarse plenamente. “Somos un país megadiverso en orquídeas”, explica, recordando que el país disputa con Ecuador y Colombia los primeros lugares en diversidad de especies. Señala además que algunos de los descubrimientos más importantes del mundo en esta familia botánica ocurrieron en territorio peruano, como el caso de la Phragmipedium kovachii y la Phragmipedium besseae.
Sin embargo, advierte que aún existe una gran deuda en investigación científica y protección de recursos genéticos. “Muchas especies han salido del Perú y terminan siendo descritas como si fueran de otros países”, lamenta. Por ello insiste en que se necesita mayor control, pero sobre todo más compromiso colectivo para valorar lo propio. Considera que el futuro de la floricultura peruana pasa por la especialización y el trabajo articulado: viveros dedicados a Phragmipedium, otros a Cattleyas, otros a especies miniaturas, generando así una cadena de desarrollo sostenible vinculada al turismo, la investigación y el comercio responsable.
A lo largo de la conversación, Karol vuelve constantemente sobre una idea esencial: la conservación no puede sostenerse únicamente desde las normas o las autoridades. “Nadie ama lo que no conoce y nadie va a proteger lo que no ama”, repite con convicción. Para ella, el gran desafío del país no es crear más leyes, sino generar conciencia y acercar la biodiversidad a las personas.
Recuerda con nostalgia que décadas atrás las orquídeas crecían incluso en postes de luz y jardines urbanos. Hoy, en cambio, la relación cotidiana con la naturaleza parece haberse debilitado. “Tenemos clima, agua y todas las condiciones para cultivar orquídeas, pero no cultivamos”, reflexiona. Mientras en ciudades como Miami o regiones de Florida las orquídeas decoran árboles, palmeras y hogares, en el Perú todavía predominan el concreto y la expansión urbana sin una mirada ambiental integral.


La bióloga reconoce también que existe una contradicción dolorosa: muchas veces, cuando intenta colocar plantas en espacios públicos, estas son robadas. “Si pongo una orquídea valiosa, desaparece”, comenta con tristeza, reflejando cómo la falta de educación ambiental termina afectando incluso los pequeños esfuerzos ciudadanos.
Al hablar de Moyobamba, conocida como la ciudad de las orquídeas, Karol considera que aún existe un gran vacío de conocimiento. “La gente todavía no conoce realmente las orquídeas”, asegura. Por eso, desde su empresa impulsa actividades para acercar esta riqueza natural a la población y despertar un sentido de pertenencia.
Su preocupación aumenta cuando observa proyectos de infraestructura que podrían destruir hábitats únicos. Menciona, por ejemplo, la ampliación de la carretera en la margen izquierda del río Mayo, cerca de Juninguillo y camino hacia Sugllaquiro, donde todavía pueden verse orquídeas creciendo naturalmente a pocos metros de la vía. “Ese bosque podría desaparecer con la ampliación de la carretera”, advierte. Para ella, el desarrollo no debería significar la pérdida irreversible de ecosistemas que poseen valor ambiental, científico y turístico.
Karol reconoce que desde los años ochenta – época en que su padre, Renato Villena, impulsaba el amor por las orquídeas – sí ha habido avances. Hoy muchas personas valoran más estas plantas y algunos pequeños viveros han comenzado a formalizarse con apoyo de SERFOR. Sin embargo, insiste en que todavía falta fortalecer la responsabilidad colectiva frente a la deforestación y el deterioro ambiental.
“Un bosque vale más de pie que destruido”, afirma convencida. No solo por el agua, la regulación del clima o la biodiversidad que alberga, sino porque cada vez más personas en el mundo están dispuestas a viajar y pagar por contemplar naturaleza viva.
Entre todos los lugares que ha visitado en sus viajes internacionales, hay dos que dejaron una huella especial en ella. El primero es Florida, donde quedó impresionada por el amor cotidiano que las personas sienten por las flores y la naturaleza. Pero el sitio que más la marcó fue Singapur.

“Singapur me impactó profundamente”, cuenta. A pesar de ser un país pequeño, altamente industrializado y moderno, encontró una ciudad donde la naturaleza convive armónicamente con la arquitectura y la tecnología. Habla maravillada de los Jardines de la Bahía y del jardín botánico especializado en orquídeas, espacios donde el bosque ha sido llevado al corazón de la ciudad.
“Ellos importan plantas y han construido maravillas para mostrarle al mundo la diversidad natural. Nosotros lo tenemos todo aquí y también podríamos hacerlo”, sostiene.
Su sueño es que el Perú, y especialmente San Martín, puedan algún día convertir esa riqueza natural en una experiencia viva, educativa y sostenible; que las personas vuelvan a rodearse de plantas, que las ciudades respiren naturaleza y que las orquídeas no solo sean admiradas en viveros o bosques remotos, sino también en las ventanas, parques y jardines de cada hogar.
Porque para Karol Villena, conservar no significa únicamente proteger una flor. Significa recuperar la capacidad de asombro frente a la vida. Por: Beto Cabrera – Fotos: Vivero Agro Oriente – Archivo.


