La democracia no puede seguir siendo rehén de la hipocresía política. Desde San Martín y la Amazonía levantamos la voz por la libertad, la tolerancia y la dignidad del país.
MERECEMOS RESPETO
Qué difícil es no sentir vergüenza ajena al observar el espectáculo que ha ofrecido el Congreso. Decenas de parlamentarios, muchos de ellos desconocidos, tomaron el micrófono para interpretar el papel de indignados frente a la corrupción y la inmoralidad del hombre que ellos mismos eligieron como presidente del Parlamento y, por sucesión constitucional, del Perú: José Jerí.
La censura aprobada con 75 votos marca el final de un breve pero penoso episodio. Sin embargo, sería ingenuo pensar que con su salida se cierra el problema. Todos sabían de las denuncias que pesaban sobre él cuando levantaron la mano para colocarlo en el poder. Lo sabían y aun así votaron. El show posterior ha sido patético.
Jerí se va dejando una estela de descrédito institucional. Cuatro meses sin rumbo claro en seguridad ni señales firmes de liderazgo. Cuatro meses suficientes para profundizar la desconfianza ciudadana.
Pero más allá de un nombre propio, lo que queda al desnudo es algo más grave: la normalización de la duplicidad en la política peruana. Decimos combatir la corrupción mientras la toleramos. Proclamamos valores mientras calculamos conveniencias. Hablamos de moral pública mientras practicamos estrategias privadas.
Se habla con frecuencia de “crisis de valores”. El término suele usarse como consigna vacía o como herramienta moralizadora. Pero si algo revela el momento actual es una crisis más profunda: una crisis de coherencia. La distancia entre lo que se declara y lo que se hace se ha vuelto abismal. Y cuando esa brecha se convierte en costumbre, la política termina siendo vista como el reino de la inmoralidad.
La consecuencia es devastadora: la incredulidad ciudadana. Cuando la población deja de creer en sus autoridades, la democracia se debilita desde dentro. Y esa falta de originalidad en las más altas esferas del poder termina convirtiéndose en un peligro para el país.
Desde San Martín y la amazonia peruana, reafirmamos nuestro compromiso con una democracia que no sea una puesta en escena, sino un ejercicio real de responsabilidad.
Creemos en la libertad, en el respeto, en la tolerancia y en la convivencia plural dentro del marco de los derechos humanos. Creemos que distintos valores pueden coexistir en una sociedad democrática, pero jamás pueden convivir la farsa sistemática y la impunidad.
La política no es el único espacio donde acecha la hipocresía.
La caridad, la humildad, la solidaridad con el débil y el oprimido han sido históricamente virtudes profundas en nuestra Amazonía y en la mejor tradición moral del país. Hoy más que nunca necesitamos recuperar ese aliento cívico.
No se puede construir identidad ni nación sobre la disociación permanente. El precio es el descrédito. Este episodio debe ser una advertencia. No podemos seguir repitiendo el mismo error elección tras elección, cálculo tras cálculo. El Perú merece respeto.
Desde esta tribuna reiteramos: que no queremos más espectáculos indignantes ni decisiones tomadas de espaldas al país real. Exigimos respeto en todos los niveles del Estado, respeto a la institucionalidad, respeto a la verdad.
Que este momento sirva para reflexionar. Que la memoria no sea corta. Y que la próxima vez, cuando llegue la hora de decidir, elijamos con responsabilidad.
Porque sí: merecemos tiempos mejores. Y esos tiempos empiezan por la coherencia y el respeto.



