NO DIGA NOMBRE… DIGA CHIVO…
La ciudad de Lamas guarda una de las expresiones culturales más singulares y profundas de su carnaval: la máscara de chivo. Más que un objeto festivo, esta máscara representa una memoria viva que conecta el pasado con el presente, la tradición con la identidad, y el arte con la espiritualidad popular.
La máscara de chivo tiene más de 200 años de historia. Su origen se remonta a la época en que la crianza y el pastoreo de cabras y chivos formaban parte de la vida cotidiana en las calles de Lamas. Estos animales no solo eran una fuente de sustento, sino también protagonistas del paisaje urbano y rural. Con el paso del tiempo, esta relación se transformó en símbolo festivo, dando lugar a una máscara que rinde homenaje al pasado ganadero que marcó la identidad de la ciudad.

Elaborada artesanalmente con topa o madera balsa, la máscara de chivo es un ejemplo notable del conocimiento ancestral de los artesanos locales. La topa, ligera y maleable, permite dar forma a los rasgos característicos del chivo: cuernos pronunciados, hocico definido y una expresión que mezcla lo festivo con lo enigmático. Cada pieza es única y completamente hecha a mano, en un proceso que demanda paciencia, habilidad y dedicación. No es una labor rápida ni industrial; por el contrario, puede tomar semanas de trabajo, desde el tallado hasta el secado y la pintura final, razón por la cual puede llegar a costar hasta 300 soles.
Los colores que adornan estas máscaras son intensos y vibrantes, propios del espíritu carnavalesco. Rojos, negros, amarillos, verdes y azules se combinan en diseños llamativos que resaltan durante las danzas y comparsas. Estos colores no solo alegran la fiesta, sino que también reflejan la energía, diversidad y vitalidad cultural de Lamas.
Quien decide ponerse la máscara de chivo no lo hace a la ligera. Existe una creencia profundamente arraigada: el bailarín debe prometer salir durante 12 años consecutivos en el carnaval. Esta promesa no es solo simbólica, sino espiritual. Se dice que, si alguien rompe este compromiso, el diablo o el Supay, figura poderosa en la cosmovisión andino-amazónica, lo persigue en sus sueños y le “sala” la vida amorosa con sus famosos cuernos lamistas: cuerno negro, cuerno rojo, cuerno blanco y cuerno negro con punta dorada. En Lamas abundan los relatos de personas que, tras incumplir la promesa, tuvieron que “lidiar con el Supay y sus poderosos cuernos de colores”, enfrentando pesadillas, miedos y rituales de liberación. Estas creencias refuerzan el carácter sagrado y respetado de la máscara.

La máscara de chivo es, sin duda, parte del patrimonio vivo de Lamas. No se trata solo de conservar un objeto, sino de mantener viva una tradición que involucra a artesanos, bailarines, músicos y a toda la comunidad. Sin embargo, este patrimonio enfrenta desafíos como el escaso reconocimiento a los artesanos y el riesgo de que las nuevas generaciones se desvinculen de esta herencia cultural.
Por ello, es fundamental rendir homenaje a los artesanos que mantienen viva esta tradición con sus manos y su conocimiento. La realización de talleres de confección de máscaras permitiría transmitir estas técnicas ancestrales a jóvenes y niños, asegurando la continuidad del oficio. Asimismo, contar con espacios permanentes de exhibición y promoción fortalecería el turismo cultural y el orgullo local.
Hacer de la máscara de chivo algo “nuestro”, algo que nos pertenezca y nos identifique, es una tarea colectiva. Reconocerla como símbolo de identidad y patrimonio, no solo durante el carnaval sino a lo largo de todo el año, permitirá que Lamas siga contando su historia a través del arte, la danza y la memoria viva de su gente. En cada máscara tallada, pintada y danzada late el espíritu de una ciudad que celebra su pasado y lo proyecta hacia el futuro.



