Kuri Anka
Por: Dolly Cristina Del Águila Arévalo
El suelo también es un ser vivo, y no renace con la primera lluvia
Hace años, en una ceremonia, la ayahuasca me llevó a un bosque tumbado, rozado y quemado. Yo era una hormiguita. Aún olía el humo, y sentía en mi pequeño cuerpo un ardor casi desesperante. Entonces la planta me preguntó: “¿Por qué no puedo hacer que todo crezca?”. Hoy, en plena temporada de incendios, esa pregunta vuelve.
El fuego arde en todo el mundo: este año España ya suma cerca de 221 mil hectáreas quemadas. Pero hay una diferencia. Algunos paisajes conviven con el fuego desde siempre; la Amazonía no. Su humedad impide que los rayos la enciendan, y sus plantas y animales no están adaptados a las llamas. Aquí el fuego casi siempre lo prendemos nosotros (TNC).
El Cenepred ubica a San Martín, con 30 distritos, entre las regiones con más zonas en riesgo alto, junto a Áncash, Amazonas y Lima. En esas zonas hay más de 1,2 millones de personas y 1,4 millones de hectáreas agrícolas expuestas (Infobae).
Contamos árboles y olvidamos lo que hay debajo. El suelo es un organismo vivo: al menos una cuarta parte de la biodiversidad del planeta habita bajo tierra. El fuego mata esa vida, consume la materia orgánica y deja la tierra desnuda. Luego las lluvias arrastran lo que queda a quebradas y ríos. Y un centímetro de suelo puede tardar muchos años en volver a formarse y no será el mismo. Ningún presupuesto devuelve eso.
Aquella noche le respondí a la planta: “Perdón, aún no sabemos cómo ordenar la casa”. Ordenar la casa es usar cada suelo según su vocación y producir más en las tierras ya abiertas, por ejemplo con cacao bajo sombra de árboles nativos, en lugar de quemar bosque nuevo.
Tú me curas, yo te curo. Tú me alimentas, yo te alimento. Tú me proteges, yo te protejo. Eso hace el suelo. Y nosotros, ¿Qué compensamos?



