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Los invisibles que ven el mundo de otra manera

A Alexandra siempre la vieron como tímida.

La palabra tímida es una palabra cómoda. Sirve para no preguntar, para no mirar mucho, para no incomodarse. “Es tímida”, decían, y con esa etiqueta se resolvía el misterio y se cerraba el caso. Como si las personas fueran frascos que se rotulan y se guardan en un estante.

En el colegio hablaba poco, evitaba el recreo y memorizaba conversaciones para no desentonar. Sí, memorizaba conversaciones, como quien estudia para un examen diario llamado “encajar”. La llamaban “la nerd”, le hacían la vida imposible, pero no solo compañeros, también docentes. Porque la crueldad no siempre usa uniforme escolar; a veces usa título profesional.

Sufría de ansiedad y muchos pensaban que era cuestión de engreimiento. Nunca sonreía para las fotos y evitaba estar rodeada de muchas personas. Nadie veía el ruido que había dentro de su cabeza cuando el mundo se volvía demasiado fuerte, demasiado rápido, demasiado todo. En casa nunca nadie se dio cuenta de que la inmensa alegría por terminar la secundaria era porque dejaba atrás todo el maltrato. No celebraba el futuro; celebraba la fuga.

Detrás de ese esfuerzo constante por encajar siempre, había una condición que solo supo que era suya mientras estudiaba psicología. El diagnóstico no cambió quién era, pero sí le permitió entenderse. A veces no necesitamos que el mundo cambie; necesitamos un nombre para lo que sentimos, una explicación para dejar de culparnos por ser distintos.

Adrián tiene cinco años. Al inicio fueron gritos y crisis, silencios largos y miradas que parecían perdidas. Muchos dijeron que “algo estaba mal”, porque la sociedad tiene la costumbre de medir la infancia con reglas invisibles: a tal edad debe hablar, a tal edad debe jugar, a tal edad debe ser igual a los demás. Pero Adrián no gritaba para molestar al mundo; gritaba porque el mundo le dolía.

Hoy esos gritos se han convertido en lecturas y en una destreza cognitiva sorprendente para su corta edad. Identifica letras, frases, y lee con fluidez como si esa fuese su manera de decir al mundo que existe y que es importante. Algunos niños hablan mucho para ser escuchados; otros leen para ser comprendidos.

Fabrizio empezó en su mundo imaginario desde el vientre de mamá, quien también tiene autismo. Conforme fue creciendo, sus manos eran su atracción: aleteos, giros, jugar solo y estresarse con sonidos fuertes y ambientes con muchas personas. El mundo moderno está lleno de ruido: bocinas, parlantes, gritos, prisas, opiniones. Quizá el problema no es que ellos sean sensibles, sino que nosotros somos demasiado ruidosos.

Ahora, con terapias y asistiendo a su jardincito, no solo aprendió a socializar a su ritmo, sino que sabe cómo comunicarse y demostrar sus sentimientos. Destaca en el arte y la música, y ello lo hace más sensible al mundo. Hay personas que miran el mundo, y hay personas que lo sienten. Los sensibles siempre parecen extraños en sociedades que premian la indiferencia.

Cuando Cristian Braga Del Águila nació, todos en casa sabían que todo sería distinto. Pero su mamá jamás aceptó que su hijo no podía hacerlo; al contrario, día a día luchó para que su hijo sea independiente. Pese al Trastorno del Espectro Autista y el síndrome de Moebius, Cristian es diseñador gráfico y caricaturista por convicción. No puede correr ni saltar rápido, tampoco puede escribir en la computadora con todos los dedos; lo hace presionando una tecla a la vez, con una destreza admirable. Mientras muchos se quejan de lo lento que es el internet, él dibuja su vida tecla por tecla.

Actualmente trabaja como caricaturista y tiene su propio espacio cultural donde promueve la historia para no cometer los mismos errores como país en un futuro. Qué ironía: alguien a quien el sistema seguramente quiso excluir ahora educa a la sociedad.

Estas historias no son excepciones. Son la realidad invisible de miles de personas.

Cada 2 de abril se habla del autismo, se ponen luces azules, se publican frases bonitas y se habla de inclusión como si fuera una moda anual. Pero la inclusión no es un color, ni una fecha, ni una foto institucional. La inclusión es cuando un niño no tiene que cambiar su forma de ser para que lo dejen estar. La inclusión es cuando la diferencia no se tolera, sino que se respeta.

Es momento de enseñar a nuestros hijos el valor de la empatía, del respeto, de que todos sin excepción son importantes. Si hay alguien que evita el contacto visual, no responde a su llamado, se interesa por actividades distintas al grupo o tiene movimientos involuntarios que para ellos forman parte de su mundo, no necesita burlas ni exclusión; necesita comprensión.

Porque burlarse, excluir o hacer bullying no es una broma: es una herida que dura años. A veces toda la vida.

No se trata solo de aceptar una matrícula y tenerlos aislados en el salón para que la docente no se sobrecargue en un aula de 30 alumnos. Se trata de adaptar los entornos, eliminar barreras de comunicación y promover la inclusión educativa y posteriormente la inclusión laboral. La inclusión no es dejar entrar; es dejar participar.

En el Perú, miles de personas crecen sin diagnóstico oportuno o lo reciben tarde, cuando las consecuencias ya están instaladas. Se estima que más de 300 mil personas estarían dentro del espectro, pero apenas una pequeña parte figura en registros oficiales. No porque no existan, sino porque el sistema no los ve. Y en un país donde el que no está en un papel no existe, la invisibilidad se vuelve política pública.

El diagnóstico temprano sigue siendo una excepción, los tratamientos muchas veces se interrumpen y el sistema educativo aún no está preparado. Tener autismo en el Perú, en muchos casos, es estar en una situación de abandono silencioso. No hay marchas, no hay escándalos, no hay titulares. Solo familias cansadas, niños incomprendidos y adultos que crecieron creyendo que estaban mal por ser diferentes.

La sociedad suele decirles que deben adaptarse al mundo, pero quizá el mundo también debería adaptarse un poco a ellos.

Porque al final, el problema no es el autismo.

El problema es la falta de empatía.

El problema es la ignorancia.

El problema es una sociedad que se burla de lo diferente y luego se pregunta por qué el mundo está lleno de gente triste.

Tal vez el verdadero trastorno no está en quienes ven el mundo distinto, sino en una sociedad que solo sabe mirar de una sola manera.

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