La tragedia de Tumino Dos revela el colapso de una ciudad que sacrifica su seguridad por el caos constructivo, mientras las autoridades se diluyen frente al populismo y la falta de planificación.
Lo ocurrido en el barranco Tumino Dos no representa un capricho de la naturaleza, sino la crónica de un desastre anunciado por la desidia institucional y vecinal.
En la ciudad de Moyobamba, el ordenamiento territorial ha pasado a ser una sugerencia opcional en lugar de una norma obligatoria, permitiendo que la “viveza” ciudadana se apropie de laderas y fajas marginales bajo un manto de absoluta informalidad.

Este ciclo de tragedia se alimenta de vecinos que, ignorando las reiteradas alertas de riesgo por lluvias, decidieron “sembrar cemento” sobre suelo frágil, eliminando árboles y estabilidad a cambio de metros cuadrados de alto riesgo. Lo más alarmante es que, tras la emergencia, quienes financiaron el desastre con su propia imprudencia ahora evaden su responsabilidad y pretenden trasladarle la factura al Estado exigiendo soluciones.
El panorama actual es sombrío, pues si no se actúa con firmeza, la faja de la quebrada Rumiyacu será el próximo escenario de lamentos debido a un patrón que se repite: lotizaciones en áreas vulnerables y artimañas legales para ocupar espacios no aptos. Es imperativo que la Municipalidad Provincial de Moyobamba recupere de inmediato el principio de autoridad, dejando de lado el populismo electoral que premia al infractor.
Resulta urgente que el conocimiento técnico-científico deje de ser desplazado por la politización de los cargos; las decisiones sobre dónde construir deben recaer en un ingeniero o un urbanista y no en un político en busca de votos. Moyobamba necesita orden, y para lograrlo, la ciudadanía debe abandonar la cultura de la “apropiación” para comenzar a invertir en autoridad y civismo antes de que el próximo desastre sea inevitable.



