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“No podemos tratar a la Amazonía como una despensa inagotable del mundo a costa del dolor de sus pueblos; proteger esta tierra es defender la dignidad de la vida misma” Papa León XIV

Hay pisadas que no se borran con el polvo del tiempo ni con el olvido de los hombres, huellas profundas que se hunden en el barro de los caminos olvidados y en el calor sofocante.

Por: Beto Cabrera Marina

En las entrañas más lejanas del Perú, donde el Estado a menudo se extingue en la burocracia de las ciudades, camina el sacerdote del pueblo, aquel que ha cambiado el confort de los escritorios por la intemperie de los caseríos, llevando consigo la lámpara encendida de la palabra cristiana. No es un visitante ilustre ni un viajero de paso; es el hermano que comparte el pan de la escasez, que llora el dolor de las madres desprotegidas por la violencia y el abandono, y que sonríe con la sencillez de los niños que ven en su sotana gastada un refugio de paz.

Su identidad se funde con la de los desprotegidos, con el campesino que sufre los embates del clima, con el indígena que defiende su monte sagrado frente a las garras silenciosas de la minería ilegal y el saqueo, y con los jóvenes que buscan un ancla de esperanza en medio de un tiempo gris y desesperanzado. Es la Iglesia viva, la que huele a tierra mojada, la que se arrodilla ante las heridas de la patria para sanarlas con el alivio de la fe y la justicia social.

Esta entrega silenciosa y cotidiana encuentra hoy un eco monumental y providencial en la figura del Papa León XIV, aquel agustino misionero que un día llegó enamorado del norte peruano – desde Chulucanas hasta Trujillo, Chiclayo y ahora abrazará a la sufrida Amazonía en Pucallpa –, convirtiéndose en la voz de los sin voz y en la conciencia crítica de una humanidad extraviada en la tecnología y el egoísmo.

Su cercanía con nuestra tierra, refrendada en su propio DNI peruano, no es solo un gesto de afecto, sino la constatación de que las alegrías y los sufrimientos de este pueblo han labrado su alma sacerdotal en el seguimiento fiel de Jesús. En cada rincón donde clama la creación herida, resuena su llamado a custodiar la casa común y a defender la dignidad sagrada de todo ser humano frente a las economías criminales y la trata de personas.

Por ello, en estos tiempos donde el pesimismo amenaza con apagar el espíritu, su presencia y su magisterio nos recuerdan que ser cristiano y peruano es un compromiso ineludible con la fraternidad. Que su voz, eco limpio del Evangelio, sacuda las conciencias del mundo entero y que la Iglesia, renovada en su vocación de servicio, se levante firme como un faro de amor y justicia, para que, abrazando nuestras cruces y celebrando nuestras esperanzas, de concordia para toda la humanidad.

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