Pablo Neruda (Chile. 12-07-1904, 23-09-1973), su nombre real, Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, Premio Nobel de literatura en 1971. Fue elegido senador en 1945, y en 1970 declinó su precandidatura presidencial en favor de Salvador Allende. Publicó en 1974 sus memorias con el título Confieso que he vivido. Aquí un extracto del libro.
Mi cuerpo era una hoguera solitaria
Amigas de varios colores pasaban por mi cama de campaña sin dejar más historia que el relámpago físico. Mi cuerpo era una hoguera solitaria encendida noche y día en aquella costa tropical. Mi amiga Patsy llegaba frecuentemente con sus compañeras, muchachas morenas y doradas que se acostaban conmigo deportiva y desinteresadamente.
El excusado una caja de madera con un agujero al centro
Mi solitario y aislado bungalow estaba lejos de toda la urbanización. El excusado quedaba hacia el fondo de la casa, lo examiné con curiosidad, era una caja de madera con un agujero al centro, muy similar al que conocí en mi infancia campesina, en mi país. Pero los nuestros se situaban sobre un pozo profundo. Aquí el depósito era un simple cubo de metal bajo el agujero redondo. El cubo amanecía limpio cada día sin que me diera cuenta de cómo desparecía su contenido. Una mañana me había levantado más temprano que de costumbre. Me quedé asombrado mirando lo que pasaba.
Una diosa en el inodoro
Entró por el fondo de la casa una estatua oscura que caminaba, era la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa. Era tan bella pertenecía a otra existencia. La llamé sin resultado. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente.
Se dejó conducir y pronto estuvo desnuda en mi cama
Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con los ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia.
Fuente consultada.
Neruda, Pablo. Confieso que he vivido, Editorial Oveja Negra. Colombia. 1974



