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Pablo Neruda y la casa de las tres viudas

Pablo Neruda (Chile. 12-07-1904, 23-09-1973), su nombre real Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, Premio Nobel de literatura en 1971. Fue elegido senador en 1945, y en 1970 declinó su precandidatura presidencial en favor de Salvador Allende. Publicó en 1974 sus memorias con el título Confieso que he vivido. Aquí un extracto del libro.

La aventura de viajar solo

Una vez me convidaron a una trilla de yeguas bastante lejos del pueblo. Me gustó la aventura de irme solo, adivinando los caminos en aquellas serranías. Pensé que, si me perdía, alguien me daría auxilio. Los colosales helechos del sur de Chile eran tan altos que pasábamos bajo sus ramas sin tocarlos. Cuando mi cabeza rosaba sus ramas caía una descarga de rocío.

Extraviado, la noche me llenaba de pavor

Ya atardecía. Había abandonado las riberas del lago y me había internado buscando el rumbo en las encrespadas estribaciones de los montes. Comprendí que me había extraviado. Un único solitario viajero se cruzó de repente conmigo en la oscureciente soledad del camino. Le conté lo que me pasaba y me indicó que siguiera un pequeño sendero derivado del camino. De lejos vas a ver las luces de una casa grande de madera, de dos pisos, donde viven desde hace treinta años, tres señoras francesas madereras. Son buenas con todo el mundo. Lo acogerán a usted.

Llegué a la casa

Cerca de las nueve de la noche divisé la casa. Llamé a la puerta, apareció una señora de pelo blanco, delgada y enlutada. Me examinó con ojos severos y luego entreabrió la puerta para interrogarme. Me llevó a un salón oscuro y ella misma encendió dos o tres lámparas de parafina. De pronto entraron dos señoras idénticas a la que me recibió. Se sentaron a mi alrededor, una con leve sonrisa de lejanísima coquetería, la otra mirándome con los mismos melancólicos ojos de la que me abrió la puerta.

Anfitrionas maestras en la cocina

Entró una empleada indígena y susurró algo al oído de la señora mayor. Salimos para llegar al comedor. Me quedé atónito, la plata y el cristal brillaban en aquella mesa sorprendente. Pocas veces he comido tan bien. Mis anfitrionas eran maestras de cocina, cada guiso era inesperado, sabroso y oloroso. El mayor orgullo de las hermanas era el refinamiento culinario; la mesa era para ellas el cultivo de una herencia sagrada. Durante 30 años habían sido visitadas por 27 viajeros que llegaron a esa casa remota. Guardaban una ficha relativa a cada uno de ellos, con la fecha de la visita y el menú que ellas habían aderezado en cada ocasión.

Últimas gotas de una cultura deliciosa

Me fui a dormir y caí en la cama como un saco de cebollas en un mercado. Ya clareaba cuando uno de los mozos me ensilló el caballo. No me atreví a despedirme de las damas gentiles y enlutadas. Honor a esas tres mujeres melancólicas que en su salvaje soledad lucharon sin utilidad ninguna para mantener un antiguo decoro. Defendían lo que supieron hacer las manos de sus antepasados, es decir, las últimas gotas de una cultura deliciosa.

Fuente consultada.

Neruda, Pablo. Confieso que he vivido, Editorial Oveja Negra. Colombia. 1974

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