Por Dolly Cristina Del Águila Arévalo – Kuri Anka
Cada 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, solemos escuchar las mismas palabras: cambio climático, conservación, sostenibilidad, carbono, biodiversidad y resiliencia. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos si el problema que enfrentamos es únicamente ambiental o si la crisis es, en realidad, mucho más profunda.
Quizás lo que está en crisis no sea solamente el clima, sino la forma en que entendemos nuestra relación con la Tierra.
Hoy las consecuencias son cada vez más visibles.
Las sequías son más intensas.
Las lluvias son más impredecibles.
Los incendios forestales se multiplican.
Las ciudades experimentan temperaturas cada vez más extremas.
Y las fuentes de agua muestran signos crecientes de presión y deterioro.
San Martín tampoco es ajeno a esta realidad.
Nuestra región figura entre las que presentan mayores procesos de pérdida de cobertura boscosa en el país. A diferencia de otras zonas donde la minería ilegal concentra la atención pública, aquí gran parte de la deforestación está asociada al avance de actividades agropecuarias sobre áreas que todavía cumplen funciones ecológicas esenciales.
Los resultados del Inventario Biológico Rápido (RAP) realizado por Conservación Internacional revelan una realidad preocupante. En las zonas más intervenidas por la expansión agrícola, los mamíferos medianos y grandes prácticamente han desaparecido. No necesariamente porque hayan muerto, sino porque ya no cuentan con corredores biológicos que les permitan desplazarse, alimentarse y reproducirse.
Los fragmentos de bosque que permanecen aislados pierden progresivamente su capacidad para sostener la biodiversidad. Los flujos ecológicos comienzan a interrumpirse. El territorio se fragmenta y con ello también se debilitan los mecanismos naturales que sostienen el equilibrio ambiental.
Quizás una de las conclusiones más reveladoras de este diagnóstico es que muchos bosques continúan existiendo no porque hayan sido efectivamente protegidos, sino porque su acceso todavía resulta difícil. La distancia, más que la planificación, sigue siendo su principal mecanismo de defensa.
Eso no constituye una estrategia de conservación. Constituye una advertencia.
La expansión urbana sobre ecosistemas frágiles, la degradación de cabeceras de cuenca, la presión sobre humedales y cuerpos de agua, así como la pérdida de conectividad ecológica, evidencian que seguimos tomando decisiones como si la naturaleza fuera un elemento externo a nuestras vidas. Pero dependemos de ella más de lo que imaginamos:
Dependemos de los bosques que regulan las lluvias.
Dependemos de los humedales que almacenan agua.
Dependemos de las quebradas que abastecen nuestras ciudades.
Dependemos de los suelos fértiles que sostienen nuestra agricultura.
Dependemos de procesos ecológicos que muchas veces pasan desapercibidos hasta que comienzan a deteriorarse.
Quizás el problema no radique en utilizar los recursos naturales ni en promover el desarrollo económico. Todas las sociedades transforman su entorno para satisfacer necesidades y mejorar la calidad de vida de sus habitantes.
El desafío aparece cuando las decisiones sobre el territorio desconocen la multiplicidad de funciones que cumplen los ecosistemas. Un bosque no es únicamente una fuente de madera. Una quebrada no es solamente agua disponible para consumo. Un humedal no es un terreno vacío a la espera de ser ocupado.
Cada uno cumple funciones ecológicas que sostienen actividades económicas, bienestar social y calidad de vida. Cuando esas funciones dejan de ser consideradas en la planificación y en la toma de decisiones, comienzan a aparecer los desequilibrios que hoy observamos en el clima, el agua y los territorios.

La ciencia describe estas relaciones mediante conceptos como servicios ecosistémicos, regulación hídrica, conectividad ecológica, resiliencia climática e infraestructura natural.
Existe también una forma más sencilla de comprenderlas. Reconocer que la estabilidad de la sociedad depende del equilibrio entre funciones complementarias que sostienen la vida.
A esta relación la denomino Runa Sacha Aylluy: el principio compensativo entre humanidad y naturaleza. Su planteamiento es sencillo, pero profundamente vigente en tiempos de crisis climática: Tú me cuidas, yo te cuido. Tú me alimentas, yo te alimento. Tú me mantienes sano, yo te sano.
Cuando el bosque regula el agua, compensa. Cuando los humedales reducen inundaciones, compensan. Cuando los polinizadores sostienen la producción agrícola, compensan. Y cuando las personas conservan, restauran y planifican adecuadamente el territorio, también compensan.
La crisis aparece cuando ese equilibrio se rompe: cuando extraemos más de lo que restauramos, cuando consumimos más de lo que regeneramos, cuando transformamos los ecosistemas a una velocidad superior a su capacidad de recuperación. El resultado es un territorio progresivamente descompensado. Lo que la ciencia llama servicios ecosistémicos, regulación hídrica o resiliencia climática es, en el fondo, la expresión técnica de ese mismo principio.
Acciones desde el territorio
Si la crisis climática expresa un proceso de descompensación territorial, las respuestas también deben construirse desde el territorio. Cinco frentes son prioritarios:
Proteger lo que queda. La información del RAP permite identificar corredores biológicos y áreas prioritarias para la conservación. Lo que falta no es conocimiento, sino voluntad política para actuar antes de que la degradación avance más rápido que las medidas de protección.
Transformar los sistemas productivos. No se trata de oponer producción y conservación, sino de integrarlas. La agroforestería, los sistemas sostenibles y la bioeconomía permiten generar ingresos manteniendo las funciones ecológicas del territorio.
Fortalecer la educación ambiental territorial. Niños y jóvenes deben comprender el territorio donde viven: la función de sus bosques, quebradas, humedales y cuencas. Sembrar el principio compensatorio en las nuevas generaciones es la única forma de que la deuda ecológica no siga acumulándose.
Recuperar los corredores biológicos. Son infraestructura natural indispensable. Sin conectividad se interrumpen procesos fundamentales para la biodiversidad, la regulación hídrica y la resiliencia climática.
Incorporar el valor del territorio en las decisiones públicas y privadas. Toda decisión sobre infraestructura, expansión urbana o uso del suelo debería preguntarse qué función ecosistémica se verá afectada y cómo recuperar el equilibrio que dicha función proporciona.
La enseñanza más vigente de Runa Sacha Aylluy es recordarnos que no vivimos sobre la Tierra: vivimos dentro de ella. Que cuando los mecanismos de equilibrio entre humanidad y naturaleza dejan de funcionar, no es únicamente la naturaleza la que pierde. Perdemos agua, seguridad alimentaria, bienestar y futuro.
Sin embargo, cuando restauramos ese equilibrio -cuando asumimos la deuda y ejercemos la compensación que corresponde- la naturaleza recupera su capacidad de sostener la vida. Y cuando olvidamos ese principio, el clima nos lo recuerda.



