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Un amazónico singular, entregado al amor y al trabajo. «Crónica de un insigne mandolinista»

Con el transcurrir de los días y las semanas, Panchín no solo “amasaba” a Mariquita, sino que, a escondidas, hacía lo mismo con la profesora. A ella no le desagradaban las atenciones del hombre bajito y esmirriado, pero valiente, que todas las tardes acompañaba infaltablemente a su pareja embarazada con la única intención de estar cerca de la otra mujer.

Francisco del Castillo era un insigne mandolinista. Su virtuosismo alcanzaba niveles superlativos; nunca pasó por una academia, pues era un músico de puro oído: escuchaba la melodía y la plasmaba de inmediato en las cuerdas de su querida mandolina.

El pueblo lo amaba. Era el único que, con ese pequeño instrumento, amenizaba las tardes y noches de aquel caluroso lugar. Luchita comenzó a interesarse por Panchín, especialmente al verlo rasgar las cuerdas y exhalar alguna canción de moda. Por aquel entonces, el trío mexicano “Los Panchos” sonaba de vez en cuando en las escasas radiolas que adornaban las salas de quienes gozaban de un mejor estatus.

—Andaba por todos los pueblos con mi mandolina, mi púa y las ganas de seguir haciendo música. Nunca conocí las notas; no fui de academia, fui de la calle. Eran noches de jarana y buen cañazo, con hombres y mujeres felices. Al final, salía con el corazón extasiado y jubiloso porque a la gente le gustaba lo que hacía. Tal vez no era el mejor, pero bailaban con mis tonadas —rememoró con los ojos llenos de nostalgia hace poco, ya en este siglo.

Nació su primera hija, a quien llamó Elder. Ese mismo año se unió a María Luisa Morey y, al año siguiente, nació Eliseo. Mariquita, quien demostró ser una mujer de gran clase y altura, sufrió mucho cuando el padre de su primogénita se ausentó para vivir con otra. Sin embargo, no hizo nada; simplemente se resignó y dejó que él tomara rumbo con la profesora del pueblo, aquella mujer alta, gringa y “mutishca” de ojos celestes que había cautivado al humilde agricultor, chapanero y albañil, porque eso y más era el exsoldado.

—Yo le decía: «Luisita, lo que no ha sido en tu año, que no te haga daño y que se vaya por el caño». —Su semblante cambió al recordar ese momento y a la mujer con la que vivió toda su vida.

Recordó luego, con una sonrisa pícara, que en realidad sí fue en su año, pero le gustaba tanto que decidió quedarse con la gringa, quien le llevaba, por lo menos, una cabeza de estatura.

—No podía irse por el caño, porque fue en su año —comentó soltando una risotada, una mezcla de alegría y nostalgia. Una emoción agridulce, un suspiro del alma evocando momentos que no volverán, pero que su memoria, aún lúcida, rescata de vez en cuando.

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