Un año después nació su tercer hijo, el segundo con María Luisa Morey, a quien llamaron Hernán. Blanco como la leche, de ojos claros y vivaces, y cabello rubio y ondulado, era un muchacho saludable, pícaro, travieso y con los rasgos de su madre muy marcados; una verdadera versión masculina de «Luchita».
Hoy en día se le conoce como el «Picarón» y sigue siendo igual de inquieto, pero a esa travesura de infancia le ha sumado virtudes importantes: es un hombre bueno, bonachón, sensato, gran amigo y excelente padre.
Tiempo después nació el cuarto hijo —el tercero con Luchita—: la segunda hija de Panchín y la primera de la profesora. La llamaron Mirlanda. De ojos rasgados y con un lunar notorio en el “filtrum” de sus labios, era vivaz y juguetona. Con los años, se convirtió en una «madre coraje» que sacó adelante a su familia a pesar de los precarios inicios.
Ya en el siglo XXI, luchó incansablemente por salvar la vida de su último hijo, sacando fuerzas de flaqueza y trabajando sin descanso en un país extraño.
Lamentablemente, no obtuvo el resultado esperado: su hijo no resistió y falleció en plena pandemia de COVID-19 debido a una enfermedad renal.
Mirlanda partió meses después, consumida por la tristeza y afectada también por el virus. La familia coincide en que, más que la enfermedad, fue la pena de perder a su vástago lo que apagó su vida, pues ella lo dio todo por él, incluso un riñón.
Aunque no lo logró, en la memoria de los Del Castillo Morey quedó grabado que hizo lo imposible por ver sonreír a Fernando. Al final, las luces de ambos se extinguieron casi en simultáneo, sumergiendo a la familia en un dolor que, a pesar del tiempo, se siente como si fuera ayer.
De esta manera, con cuatro hijos a su cargo, Panchín tuvo que empezar a labrar la tierra. En esa época de hectáreas libres y con el permiso de la autoridad local, «solo elegías el terreno y comenzabas a sembrar», recordaba él. Continuará…



