En alguna ocasión, entre cervezas, contó que había peleado en la guerra del 41 contra Ecuador y que conoció al cabo Alberto Leveau García, pariente cercano de quien tiempo después sería su esposa, María Luisa Morey Leveau. Sin embargo, la historia carecía de veracidad; él mismo terminó por corregirla al señalar que recién ingresó al ejército en 1949.
—¿Entonces no peleaste en el 41? —le preguntaron.
—No, ya había pasado la guerra. Pero, aun sin conflictos en mi época, por dedicación y disciplina logré alcanzar el rango de sargento segundo; era un «jefecito», —rememoró con su taza de café en la mano y su visión casi nula.
Recordaba su paso por el cuartel como un momento clave, pues allí definió parte de su futuro. Sin apoyo familiar que le permitiera terminar la educación regular o seguir una carrera profesional, Panchín solo tenía una meta al terminar su servicio: buscar trabajo.
Tras dos años y tres meses, salió del ejército con un bolso a la espalda donde apenas cargaba sus pertenencias. Jamás se le ocurrió reengancharse; sentía que ya había cumplido con su país y que ahora tenía una cuenta pendiente consigo mismo.
—¿Qué oficios aprendiste en el ejército?
—¡A meter balazos! —respondió, soltando una carcajada como quien recuerda una travesura de juventud.
Recordó que, al salir del campamento, se detuvo a mirar el horizonte y pensó: «debo trabajar». Lo tenía claro: el único empleo disponible estaba en las minas de sal de Pilluana, un distrito de la provincia de Picota, ubicado a pocos kilómetros de Tarapoto.
En 1952, con un costal repleto de ropa e ilusiones, partió hacia Pilluana. No recordaba la fecha exacta, pero sí cómo entró a trabajar en la mina, un emprendimiento que por entonces no era muy popular y cuya extracción se limitaba al consumo local y comercio a pequeña escala.
En aquel pueblo del Huallaga Central conoció a la madre de su primera hija, la señora Mariquita. Sin embargo, también conoció a Luisa Morey, a quien llamaban «Luchita». Por aquellos años, Luisa le enseñaba a amasar pan a Mariquita por las tardes, y Panchín solía ir a verlas.
En una de esas tardes, las miradas de Luisa y Panchín se cruzaron y surgió la magia. Sus visitas ya no eran para ver a su mujer, sino para «aguaitar» a la dueña de casa, con quien intercambiaba miradas frecuentemente. Poco a poco, la situación se volvió más afectuosa, entre gestos y palabras de complicidad que revelaban una atracción recíproca. Naturalmente, todo ocurría a espaldas de Mariquita.
Para ese entonces, ella ya estaba embarazada, pero aquello no parecía preocuparle al «bizarro» soldado porque sabía que tenía un compromiso eterno con Mariquita: cuidar de su primogénita, Elder; pero su fijación y su corazón estaban puestos en Luchita: la enfermera, profesora y sobadora del pueblo…CONTINUARÁ



