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Un homenaje al artesano en su día… «entre elogios vacíos y bolsillos cerrados: el abandono al arte hecho a mano en nuestra región»

En San Martín, la artesanía está presente en pueblos como los Awajún, Kichwa y Shawi. Más de 47 mil personas se autoidentifican como parte de pueblos indígenas en la región, manteniendo vivas sus lenguas, prácticas y formas de entender el mundo.

Nuestros pueblos continúan creando en contextos que no siempre son favorables. En muchos casos enfrentan limitaciones en el acceso a servicios básicos, educación y oportunidades económicas, especialmente en el caso de las mujeres.

Cada 19 de marzo, Día del Artesano, llega cargado de discursos, saludos y publicaciones que exaltan el valor cultural del trabajo hecho a mano. Sin embargo, en nuestra región, esta celebración contrasta con una realidad: los artesanos siguen enfrentando la indiferencia de una sociedad que admira, pero no compra.

Hay palabras bonitas sobre identidad, tradición y orgullo local. Se reconoce el talento de quienes, con paciencia y herencia ancestral, crean piezas únicas. Pero ese reconocimiento rara vez se traduce en apoyo económico. Los productos son observados, fotografiados y elogiados, pero no adquiridos. El regateo constante y la preferencia por artículos industriales más baratos terminan desvalorizando el esfuerzo artesanal; muchos artesanos apenas logran cubrir sus costos. Esta situación no solo afecta su economía, sino que también pone en riesgo la continuidad de estas prácticas tradicionales.

La contradicción es evidente: se habla de preservar la cultura, pero no se invierte en ella. Se promueve el turismo, pero no se incentiva el consumo responsable de productos locales. Así, el arte hecho a mano queda relegado a un símbolo decorativo, sin el respaldo real que necesita para sobrevivir.

Valorar la artesanía no debería quedarse en palabras. Implica pagar un precio justo, reconocer el verdadero valor del trabajo manual y asumir un compromiso con lo nuestro. De lo contrario, Lamas seguirá celebrando a sus artesanos mientras, en silencio, los deja desaparecer.

Para la diseñadora Anabel De La Cruz, de sangre costeña, pero con alma amazónica y con más de 30 años promoviendo la artesanía de comunidades indígenas de la región, detrás de cada pieza hay mucho más que una técnica bien lograda. “Hay historias que se heredan, conocimientos que se cuidan y formas de vida que permanecen vivas en cada creación”.

“En su mayoría, son mujeres indígenas u originarias quienes sostienen estos saberes, transmitiéndolos con paciencia y sabiduría de generación en generación”, señala. Además, destaca que estas mujeres vienen dinamizando la economía local y familiar, generando sus propias fuentes de trabajo a partir de los materiales de sus comunidades.

Sus ingresos sostienen sus hogares y se convierten muchas veces en la primera inversión en la educación y alimentación de sus hijos, buscando asegurar el bienestar de sus familias.

“Y, aun así, siguen creando. Siguen sanando con su arte, porque eso es la artesanía: algo que sana. La artesanía es una forma de sustento, pero también de expresión y continuidad cultural. Cada creación encierra tiempo, dedicación y un profundo conocimiento de la naturaleza y de los materiales. Sin embargo, aún existe una gran distancia entre el valor real de este trabajo y la forma en que es reconocido. Se compra una pieza, pero pocas veces se comprende el proceso que hay detrás. Se aprecia el resultado, pero no siempre se paga un precio justo”.

“He visto los tejidos de nuestras hermanas kichwa, urdiendo sus hilos con paciencia para dar forma a sus piezas. Cada trabajo es único, no hay dos iguales. También he visto a las mujeres awajún, donde se unen semillas diversas creando verdaderas joyas que nacen del bosque. El huairuro se transforma en flores que embellecen y protegen a quien lo lleva. Así trabajan las mujeres awajún. Y los shawi, que tejen hermosos telares con pequeños diseños geométricos en sus faldas, cada uno distinto, cada uno especial. Sus tocados se acompañan de semillas, plumas y mostacillas. Podría seguir hablando de muchos más, y aun así el tiempo no alcanzaría”, expresa.

El Estado peruano reconoce al artesano a través de la Ley N.° 29073, Ley del Artesano y del Desarrollo de la Actividad Artesanal, que busca promover, proteger y desarrollar esta actividad como parte de la economía y la cultura. Sin embargo, en la práctica, aún existen brechas importantes para que estos derechos se traduzcan en mejores condiciones de vida y acceso a mercados.

La región San Martín lo tiene todo: su gente trabajadora y sus paisajes únicos. Los artesanos sostienen una parte esencial de la identidad regional. En ese camino, también destacan iniciativas que articulan el diseño con la artesanía. El trabajo de Anabel De La Cruz, diseñadora de moda social, sostenible y regenerativa, gestora cultural con enfoque intercultural y directora de Artesanos del Perú, es un claro ejemplo.

Ha trabajado junto a artesanas Awajún y Kichwa, fortaleciendo capacidades, acompañando procesos creativos y desarrollando colecciones que respetan los saberes ancestrales. Gracias a su aporte, muchas mujeres han fortalecido sus conocimientos; hoy lideran sus propias asociaciones y se reconocen como diseñadoras desde sus propios pueblos. Su nominación a los Premios Luces de El Comercio representa una oportunidad para visibilizar el trabajo colectivo de mujeres amazónicas.

Reconozcámonos en la belleza de nuestra gente. Valoremos lo nuestro, respetemos lo que nace de nuestras manos y apostemos por nuestra identidad. Porque cuando valoramos a nuestros artesanos, también aprendemos a valorarnos como sociedad.

Un saludo para todas las artesanas y artesanos. Gracias por resistir y mantener vivos sus conocimientos a través del tiempo.

Por Tomás Cotrina

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