Las imágenes registradas en el boulevard de la Punta de Tahuishco, en Moyobamba, donde una joven persigue con un machete a otra en plena vía pública, deberían estremecer a toda la región. No es solo un hecho policial. Es el reflejo de una sociedad que parece estar perdiendo el control sobre sí misma.
La pregunta no es únicamente qué ocurrió esa noche. Las verdaderas interrogantes son otras: ¿qué está pasando con nuestros jóvenes?, ¿qué papel desempeñan la familia y la escuela?, ¿es caso el consumo de alcohol y otras sustancias?, ¿qué responsabilidad tienen las autoridades y la propia sociedad en este deterioro de la convivencia?
Lo sucedido en Moyobamba no constituye un episodio aislado. En Tarapoto, las calles son escenario frecuente de piques ilegales; en Juanjui, Tarapoto, Lamas y Moyobamba, grupos de “barristas” convierten el fanatismo en violencia; las agresiones se multiplican en espacios públicos y conducir por nuestras ciudades y carreteras de nuestra región se ha transformado en una prueba diaria de paciencia y supervivencia. La imprudencia al volante, el irrespeto por las normas y la agresividad se han normalizado hasta el punto de que reclamar por una infracción puede terminar en insultos o incluso en una agresión física. Mientras que la Policía de Tránsito se limita realizar operativos en horas de la mañana en la Plaza de Armas de Tarapoto.

Durante años se advirtió que estos comportamientos iban en aumento. Sin embargo, la respuesta institucional ha sido insuficiente. La Policía Nacional reconoce que no se da abasto; los serenazgos operan con limitaciones legales y presupuestales; las juntas vecinales han perdido protagonismo; las rondas campesinas también enfrentan restricciones; mientras que las cámaras de videovigilancia, en muchos casos, solo registran hechos consumados para alimentar los noticieros del día siguiente.
Es cierto que el Gobierno Regional ha destinado vehículos y motocicletas para fortalecer el trabajo policial. Pero también es evidente que la seguridad ciudadana no se resuelve únicamente con más patrulleros. La violencia que hoy observamos tiene raíces mucho más profundas.
La primera línea de defensa siempre será la familia. Allí se forman los valores, el respeto y los límites. La segunda es la escuela, donde el docente debe recuperar la autoridad moral y pedagógica necesaria para educar ciudadanos, no solo estudiantes. No hablamos de una autoridad basada en el temor o el castigo, sino en el respeto, el ejemplo y la formación de principios que hoy parecen diluirse.
Por supuesto que la salud mental merece atención y que el acompañamiento psicológico resulta necesario. Pero reducir el problema exclusivamente a ese aspecto sería simplificar una realidad compleja. También debemos enfrentar el consumo problemático de alcohol y drogas, la desintegración familiar, la pérdida de referentes positivos, la violencia que se consume diariamente en redes sociales y la creciente sensación de impunidad.
San Martín enfrenta un desafío que no admite indiferencia. Cada hecho violento que pasa sin una respuesta efectiva envía un mensaje peligroso: que la violencia puede convertirse en parte de la vida cotidiana. Cuando eso ocurre, la sociedad comienza a acostumbrarse a lo inaceptable.

Es momento de que autoridades, instituciones educativas, familias, iglesias, organizaciones sociales y ciudadanía dejen de actuar por separado. La seguridad no depende únicamente de la Policía; depende también de la capacidad colectiva para reconstruir el tejido social y recuperar el respeto por la vida, la ley y la convivencia.
En su columna de opinión este diario Karina Roncal el 15 de junio de este año oportunamente advirtió: “Y mientras las autoridades meditan sobre estrategias futuras, los barristas ya tienen tomada la calle. La calle que debería pertenecer al niño que juega, a la señora que vuelve del mercado, al estudiante que camina tranquilo. Pero no. Ahora pertenece al rugido tribal de muchachos que encontraron en la violencia un pasaporte hacia una identidad que nadie más les ofreció” señala.
En las líneas adelante describe el panorama gris: “Tarapoto corre el riesgo de acostumbrarse demasiado a esta podredumbre. Y cuando una sociedad se acostumbra al miedo, empieza lentamente a pudrirse por dentro. Primero se normalizan las piedras. Luego los machetes. Después los muertos. Y finalmente el silencio.
Porque el miedo también educa. Enseña a no salir. A no mirar. A no denunciar. A no intervenir. Enseña que la calle ya no es del ciudadano, sino del más violento. Y cuando eso ocurre, la democracia urbana deja de existir”. ¿Más claro?
En justa medida cae a pelo la reflexión de Karina, porque si seguimos limitándonos a comentar cada nuevo episodio de violencia cuando ya ocurrió, pronto dejaremos de preguntarnos cómo evitar la próxima tragedia y empezaremos simplemente a esperar que suceda. Y ese será, quizá, el síntoma más preocupante de todos.

«Las patrullas pueden recorrer las calles, pero el verdadero orden se construye en los hogares, las escuelas y una sociedad que no renuncia a sus valores. Mientras no entendamos esa verdad, seguiremos contando hechos violentos en lugar de prevenirlos.»
Para tomar en cuenta: ¿La violencia en línea conduce a la violencia fuera de línea?
Una investigación del Youth Endowment Fund (YEF) – organización independiente del Reino Unido – revela la magnitud y el impacto de la violencia del mundo real que los adolescentes ven en las plataformas de redes sociales. La investigación de YEF también arroja luz sobre el tipo de violencia que los adolescentes ven en las redes sociales. Violencia y vulnerabilidad, examina cómo las experiencias en línea se cruzan con el comportamiento en el mundo real. La forma más común son las grabaciones de peleas físicas entre jóvenes, y más de la mitad de los adolescentes (56%) afirman haber visto este tipo de vídeos. Más de un tercio (35%) declaró haber visto contenido con armas, mientras que una proporción similar (33%) se topó con material relacionado con la actividad de pandillas. Además, el 29% ha visto publicaciones que glorifican los ataques contra jóvenes, y el 27% de todos los adolescentes se ha encontrado con contenido sexualmente violento o amenazas.


