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martes, abril 16, 2024

También humano, loco y con defectos

“Fuiste el más loco de los hombres, pues inventaste esa locura, esa insensatez de la cruz” rezaba el jesuita Pedro Arrupe, a la vez que afirmaba que no concibamos el amor a Dios sin el amor a los hombres. Mientras que el cardenal vietnamita Nguyen Van Thuan reflexionaba en el año 2000, frente al Papa y toda su Curia, “abandoné todo porque amo los defectos de Jesús”. Encontró cinco y los explicó detalladamente.

Jesús no tiene buena memoria porque olvida los pecados y perdona a todos, como lo hizo con el ladrón que estaba a su derecha y con la pecadora. No sabe de matemática, ya que por buscar una oveja abandona otras 99 en la montaña. No sabe de lógica, pues enseña que una mujer que perdió una moneda hace una fiesta cuando la encuentra, gastando mucho más de lo que valía aquel dinero encontrado.

La propaganda sobre sí mismo está destinada al fracaso, es un aventurero que promete a quien lo sigue procesos y persecuciones. Finalmente, Jesús no entiende ni de finanzas ni de economía, si fuese nombrado administrador quebraría la empresa ya que paga a quien trabaja al final de la jornada la misma cantidad que al que laboró desde la mañana.

Van Thuan asevera que Jesús tiene esos defectos porque es Amor y recalca “el amor auténtico no mide, no levanta barreras, no calcula, no recuerda las ofensas y no pone condiciones”. Por eso, el Papa Francisco enfatiza que la vida cristiana es la del hacer y no la del decir; desaprueba que “muchos padres se dicen católicos, pero nunca tienen tiempo para hablar con los hijos, para jugar con los propios hijos, para escucharlos” y prosigue, quizá “tienen a sus padres en una residencia de ancianos, pero siempre están ocupados y no pueden ir a visitarlos y los dejan abandonados”.

En la Semana Santa se conmemora el amor de Dios por la humanidad. Días en que debemos recordar que ser cristiano no consiste, únicamente, en cumplir unos ritos determinados sino en “anunciar y realizar el Reino de Dios”, como afirmaba el padre Víctor Codina. Ser cristiano es comprometerse con el cambio de la realidad que “abarca todas las esferas: dimensiones económicas, sociales, políticas, culturales, religiosas, familiares, personales…”.

Jesús es el modelo de humanidad. La Biblia, que registra muchas de sus acciones nos muestra que era trabajador (carpintero), tenía momentos de reflexión (oraba), estaba atento a las necesidades de los demás (curaba), defendió a los pobres y necesitados (mujeres), infundía valor a los demás, cumplía las normas, participaba en comidas y fiestas, lloraba en momentos de tristeza, denunciaba las injusticas y reclamaba cuando tenía que hacerlo.

Entonces, ser cristiano significa vivir como Jesús lo hacía, de manera justa, siendo equilibrado, valiente, humilde, reflexivo sobre nuestras acciones de cada día. Y si Cristo atendió a los marginados de su tiempo, monseñor Oscar Romero, hoy santo, enseñó que “hay un criterio para saber si Dios está cerca de nosotros: todo aquel que se preocupa del hambriento, del desnudo, del pobre, del desaparecido, del torturado, del prisionero, de toda carne que sufre, tiene cerca a Dios”. En consecuencia, el Reino de Dios se construye aquí y ahora, no prometiendo una vida buena y feliz exclusivamente para “el más allá”.

A pesar de un año marcado, mundialmente, por guerras sin final cercano, abundancia de información parcializada y de desinformación, consecuencias económicas de las crisis de los últimos años, desplazamientos forzados, ataques terroristas, impunidad, corrupción y amenazas ambientales, “la solución es siempre la esperanza. Una esperanza, sin embargo, que trabaje, que haga un trabajo de justicia y liberación con los demás” insistía el religioso y poeta Pedro Casaldáliga.

Dicha esperanza es la que nos permitirá luchar por el futuro, aunque incierto todavía, con mayor ánimo y compromiso. Una esperanza que impulsa el seguimiento a Cristo como lo hacía monseñor Romero, quien es recordado por un hombre harapiento “él era nuestro padre. Nos hacía sentir gente. Porque a los como yo, él nos quería y no nos tenía asco” y sentencia “se le echaba de ver el cariño que me tenía. Como quieren los padres. Por eso yo limpio su tumba. Como hacen los hijos, pues”.

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