Clima no disponible
1 PEN = 0.297 USD|1 USD = 3.362 PEN

República del amor… al chicharrón

Febrero llega perfumado de promesas. Corazones colgando de vitrinas, globos flotando como ilusiones infladas y declaraciones que compiten en intensidad y en filtros. Dicen que es el mes del amor. Lo repiten con una dulce intensidad, casi hipnótica, como si bastara nombrarlo para que exista.

Pero aquí, entre sorbo y sorbo de café (negro, honesto, sin azúcar para no mentirnos) la duda se instala con elegancia: ¿de qué amor estamos hablando?

Porque si algo hemos perfeccionado como sociedad, no es amar… es aparentar que amamos. Nos decimos “para siempre” con la ligereza de quien firma en lápiz. Prometemos cuidado mientras ejercemos control. Nos abrazamos en público y nos rompemos en privado. Y, aun así, celebramos.

San Valentín se ha vuelto una vitrina impecable donde todo parece funcionar. Donde el amor se exhibe, se presume, se actúa. Pero detrás de esa escenografía romántica, la realidad terca insiste en contar otra historia: una donde el amor no siempre cuida, a veces hiere y demasiadas veces… mata.

Pero no arruinemos la fecha. No incomodemos demasiado. No vaya a ser que el romanticismo se nos desinfle como globo pinchado. Hablemos mejor de ese otro amor… el que sí entendemos bien.

Porque en este país no es amor al chancho… es amor al chicharrón. Amor a lo inmediato. A lo crujiente. A lo que satisface rápido y no exige compromiso. Amor que no cría, no sostiene, no espera. Amor que consume… y descarta.

Y ahí está la clave. No solo en las relaciones. También en la política. La política… ese eterno pretendiente que aparece puntual en temporada alta del romance ciudadano. Nos habla bonito, promete cambios, nos mira con intensidad de novela mal actuada. Jura que esta vez será distinto. Y una, ingenua o esperanzada, que a veces es lo mismo, vuelve a creer.

Firmamos ese contrato emocional llamado voto con ese convencimiento que esta relación sí va en serio. Que ahora sí nos van a cuidar, a escuchar, a responder. Pero pasa la campaña. Pasa la emoción. Pasa el discurso. Y entonces entendemos: No era amor al chancho. Era amor al chicharrón. Al voto fácil. Al poder inmediato y después… silencio y ausencia. Ese abandono elegante que no se admite… pero se siente.

Mientras tanto, la vida sigue. Y con ella, las cifras que no deberían ser cifras: mujeres que no volvieron, niños que crecieron con miedo, hogares donde el amor se convirtió en campo de batalla.

Pero eso no sale en las postales de febrero. No viene en cajas con lazo. Porque el amor real (el que protege, respeta y cuida sin invadir) no hace ruido. No vende. No se viraliza. El drama, en cambio, sí.

Nos han enseñado a romantizar lo que duele. A confundir intensidad con violencia. A creer que amar es aguantar. Que quedarse es valentía… incluso cuando quedarse es desaparecer un poco cada día.

Y así vamos. Repitiendo patrones como si fueran tradición. Heredando formas de amar que más que abrigo… son herida. Pero claro, eso no se dice en San Valentín. El 14 de febrero se celebra, se brinda, se publica y se aparenta.

Y entre tanta foto perfecta, nadie se atreve a preguntar lo esencial: ¿esto que llamamos amor… realmente lo es?

Porque amar no debería doler así. No debería dar miedo. No debería exigir silencio. No debería pedirte que te hagas más pequeña para que el otro se sienta más grande.

El amor de verdad no controla, no asfixia, no condiciona, no vigila, no necesita contraseña ni permiso. Pero ese amor… cuesta, no es inmediato, tampoco es crujiente. No es chicharrón.

Ese amor se construye. Exige paciencia, responsabilidad y presencia. Y en tiempos donde todo debe ser rápido, fácil y desechable… eso ya es casi un acto revolucionario.

Imagínese un país donde el amor no sea discurso, sino práctica. Donde la política no seduzca, sino responda. Donde el cuidado no sea promesa, sino costumbre. Suena utópico. Como todo lo que vale la pena.

Quizá el problema no es que el amor no exista. Quizá el problema es que seguimos eligiendo mal cómo amar… y a quién creerle cuando dice que nos ama.

Tal vez este febrero no necesitemos más flores. Tal vez necesitemos más memoria. Más límites. Más dignidad y más valentía para aceptar que no todo lo intenso es amor… y que no todo lo que se promete se cumple.

Porque mientras sigamos confundiendo el amor con consumo, costumbre o conveniencia, seguiremos atrapados en relaciones personales y políticas, que solo nos quieren por un momento, por lo que damos, por lo que servimos, por lo que representamos y no por lo que somos.

Y entonces sí, entre café y café, habrá que decirlo sin romanticismo y sin miedo: Aquí no es amor al chancho. Es amor al chicharrón.

Y ya va siendo hora… de dejar de conformarnos con eso.

Comparte esta publicación:

Facebook
X
LinkedIn
WhatsApp