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Julio Ramón Ribeyro al final de su vida

Julio Ramón Ribeyro Zúñiga (Lima, 1929-1994) fue uno de los más destacados cuentistas de la literatura hispanoamericana y figura clave de la Generación del 50 en Perú. Reconocido por su maestría en el relato corto y retratar la marginalidad urbana de Lima con ironía y realismo, su obra cumbre es La palabra del mudo

Julio Ramón, escritor de los marginados

Vivió gran parte de su vida en París, trabajando en oficios diversos (periodista, limpiador). Se desempeñó como diplomático ante la UNESCO. Sus obras exploran la frustración, la soledad y la alienación urbana, retratando a personajes humildes, aristócratas en decadencia y marginados. Su estilo se caracteriza por una narrativa sencilla e irónica. Recibió el Premio Nacional de Literatura (1983), el Premio Nacional de Cultura (1993) y el prestigioso Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo en 1994, poco antes de fallecer en Lima a los 65 años. 

Demasiado inteligente para ser vanidoso

Jamás se dejó envolver por los halagos y la adulación. Odiaba la solemnidad y las poses. Escéptico, sensible, lúcido hasta la desesperación, Ribeyro decía que escribir era para él una tentativa de ordenar un mundo lleno de enigmas. “La duda que es el signo de mi inteligencia, es también la tara más ominosa de mi carácter. Ella me ha hecho ver y no ver, actuar y no actuar, ha impedido en mi la formación de convicciones duraderas y me ha dado finalmente del mundo la imagen de un remolino donde se ahogan los fantasmas de los días”, escribió en sus Prosas Apátridas.

Animal nocturno

En 1991 se instaló en Lima en un apacible piso frente al mar y retornó a la vida bohemia que había dejado varias décadas atrás. Retomando su faceta de “animal nocturno”, recorría los bares de Barranco siempre atento a lo impredecible. Su pequeño departamento se convirtió en un punto de encuentro feliz para los amigos; recibía con harto vino y, si la noche se animaba, se lanzaba a bailar al son de las bachatas de Juan Luis Guerra que le encantaban.

Ciclistas tras un par de cervezas cada cierto trecho

Los sábados en las mañanas uniéndose al selecto clan de los esforzados “ciclistas del mediodía” como los bautizó Fernando Ampuero. Junto a Ampuero, Antonio Cisneros, Willy Niño de Guzmán, y eventualmente el sicoanalista Jorge Bruce, tomaba la ruta de los malecones. El trayecto consistía en varias paradas necesarias para tomar unas cervezas, retomar fuerzas y visitar a los amigos que vivían a lo largo del camino. Decía que ya estaba cansado de estar al día en el acontecer cultural, que había cambiado la música clásica por el merengue y que ya no le interesaba escribir más cuentos.

El último cuento de Ribeyro se escribió solo

Los sucesos que rodearon su muerte estuvieron cargados de ironía. Dos meses antes de morir ganó el premio Juan Rulfo, el cual no pudo recibir personalmente ni disfrutar de la importante suma que lo acompañaba porque ya estaba muy enfermo. En su entierro el cura mencionó, por error, el nombre de otro muerto. Quien dio el sentido discurso de despedida era alguien por quien el escritor nunca tuvo mucha simpatía. Y para redondear la historia, la municipalidad de Miraflores colocó un busto de bronce en su memoria en uno de los óvalos de la avenida Pardo. A los pocos días de ser develado, el busto fue robado por unos fumones para fundirlo y comprar droga.

Fuentes consultadas:

María Laura Hernández de Agüero. Caretas. 19-12-2019

Google. Archiletras. https://www.archiletras.com

Google. Cultura Genial. https://.culturagenial.com https://.culturagenial.com

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