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Compromiso ciudadano: La confianza es también un alto valor que tenemos que recuperar por los niños, jóvenes y los ancianos.

“Nadie me obliga, es mi deber”

Bajo el intenso sol que acompañó la jornada electoral en Tarapoto, hubo ciudadanos para quienes llegar a las urnas significó mucho más que cumplir con una obligación. Fue un acto de convicción, de esfuerzo y de profundo compromiso con el país. Mientras la mayoría de electores acudía a votar sin mayores contratiempos, decenas de personas con discapacidad, adultos mayores y ciudadanos con movilidad reducida enfrentaban barreras que todavía persisten en muchos centros de votación: largas distancias para llegar a sus mesas, escaleras difíciles de superar, accesos limitados y la necesidad permanente de apoyo para desplazarse.

Las imágenes registradas durante la jornada reflejan historias silenciosas que pocas veces ocupan titulares, pero que encierran una enorme lección de ciudadaníaUn adulto mayor avanza lentamente en una silla de ruedas mientras un familiar lo acompaña por una rampa. Cada paso parece demandar un esfuerzo adicional, pero no hay señales de renuncia. Más adelante, una mujer de avanzada edad desciende con cuidado unos escalones sostenida por el brazo de su nieto que la acompañaEl trayecto es lento, pero firme. En otro punto del local de votación, una persona es trasladada en silla de ruedas para poder ejercer un derecho que para muchos resulta cotidiano, pero que para otros implica vencer obstáculos físicos, climáticos y logísticos.

A pesar del calor sofocante que marcó la jornada electoral, ninguno de ellos dudó en acudir a su centro de votación. No hubo excusas ni indiferenciaHubo determinación. Hubo la certeza de que su participación sigue siendo importante para el futuro del país. Cada uno de esos ciudadanos pudo haberse quedado en casa, evitando el cansancio, las incomodidades y las dificultades del desplazamiento. Sin embargo, decidieron estar presentes porque entienden que la democracia también se construye con pequeños actos de responsabilidad individual.

Las escenas observadas en Tarapoto recuerdan que la inclusión todavía representa un desafío pendiente. Muchas de las dificultades que afrontan las personas con discapacidad se presentan precisamente al momento de acudir a emitir su voto y están relacionadas con la ubicación de las mesas, la accesibilidad de los ambientes y la atención diferenciada que requieren para ejercer plenamente sus derechos. Aunque se han logrado avances, aún queda camino por recorrer para garantizar que nadie encuentre barreras cuando decide participar en la vida democrática del país.

Pero la jornada también dejó una enseñanza poderosa. Mientras el debate político suele centrarse en promesas, disputas y confrontaciones, ciudadanos anónimos demostraron con hechos el verdadero significado del compromiso cívico. Ellos acudieron porque creen que su voz cuenta. Porque mantienen viva la esperanza de que el país puede mejorar. Porque entienden que el voto es una herramienta para construir futuro.

Por ellos y ellas, los políticos tienen hoy una oportunidad para reivindicarse. Para demostrar que la confianza depositada en las urnas no será traicionada por la indiferencia, la corrupción o los intereses particulares. Cuando un adulto mayor desafía el cansancio para llegar a votar; cuando una persona con discapacidad supera obstáculos físicos para ejercer su derecho; cuando una familia acompaña con paciencia y cariño a quien necesita apoyo para participar en la elección, están enviando un mensaje claro a quienes aspiran a gobernar: la democracia merece respeto.

La confianza sigue siendo uno de los valores más importantes que una sociedad puede conservar. Recuperarla es una tarea urgente, no solo por quienes hoy acuden a votar con esfuerzo y convicción, sino también por los niños que heredarán el país que estamos construyendo y por los ancianos que han dedicado toda una vida a fortalecerlo. Ayer, en los centros de votación de Tarapoto y el país muchos ciudadanos demostraron que el compromiso con la democracia no necesita discursos grandilocuentes. Basta una frase sencilla, pronunciada desde la conciencia y la responsabilidad: “Nadie me obliga, es mi deber”. Por: Beto Cabrera Marina.

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