Clima no disponible
1 PEN = 0.297 USD|1 USD = 3.362 PEN

Perú: Dos siglos peleando con su propia sombra

Entre la frustración electoral, la memoria histórica y la ausencia de un proyecto común, la mirada de Umberto Jara plantea una pregunta incómoda: ¿seguimos siendo una República sin Nación?

En medio de una nueva crisis política y de un proceso electoral marcado por la incertidumbre, el periodista Umberto Jara lanza una reflexión dura y provocadora sobre la identidad nacional. Su tesis es contundente: el Perú arrastra, desde su nacimiento republicano, los mismos males que hoy lo mantienen atrapado entre la fragmentación, el enfrentamiento y la precariedad institucional. Más que una nación cohesionada, sostiene, el país parece un territorio donde conviven grupos enfrentados, unidos solo por conflictos recurrentes y por una débil noción de pertenencia.

La pregunta central no es nueva: ¿qué es el Perú y qué somos los peruanos? En teoría, una nación se sostiene sobre una identidad compartida, una memoria común y un compromiso colectivo con el futuro. Pero para Jara, esa construcción nunca terminó de consolidarse. El orgullo patrio aparece en momentos aislados – como el fútbol o la gastronomía -, pero desaparece cuando se trata de defender instituciones, exigir reglas claras o construir consensos básicos.

Para explicar esta fractura, el autor recurre a la historia. Recuerda que, en 1822durante las primeras elecciones para el Congreso, ya se registraban prácticas irregulares y manipulaciones del voto. Cita al historiador Jorge Basadrequien narró cómo un aspirante por Huancavelica reunió a cargadores indígenas del mercado, les entregó cédulas ya escritas y logró ser elegido diputado con apenas unos cuantos votos improvisados. “Tomó unos cuantos indios de los que cargaban en la puerta del mercado (…) y así salió elegido diputado únicamente por ocho o nueve individuos”, escribió Basadre. Más de dos siglos después, la crítica encuentra eco en los actuales cuestionamientos sobre candidaturas improvisadas, listas sin mérito y congresistas convertidos en operadores partidarios.

La historia también revela que la preocupación por la corrupción apareció desde los primeros años republicanos. En la Asamblea Constituyente de 1822, se prohibió que los diputados solicitaran o aceptaran empleos, favores o beneficios mientras ejercieran funciones. Basadre dejó constancia de esa decisión como un intento temprano de moralizar la política. Sin embargo, la escena contemporánea parece confirmar el fracaso de aquella aspiración: denuncias de nepotismoredes de favores, contratación de allegados y uso del poder público como agencia de empleos se han vuelto parte del paisaje político nacional.

Otro de los paralelos más duros aparece en el terreno de la seguridad. Jara recuerda que entre 1822 y 1823, Lima vivía asediada por delincuentes, robos y violencia. Nuevamente cita a Jorge Basadre, quien describió que “plagas de malhechores infestaban los alrededores de la capital y aun las calles”, lo que llevó a crear tribunales especiales y patrullajes vecinales obligatorios. Dos siglos después, el Perú enfrenta una nueva versión de ese drama: inseguridad ciudadanaextorsionessicariato y una sensación creciente de desprotección, pese al avance tecnológico y al despliegue de cámaras de vigilancia.

La inestabilidad del poder es otro síntoma persistente. Según la referencia citada por Jara, entre 1821 y 2026 el Perú ha tenido 133 gobernantes entre presidentes electos, golpistas, vacados y renunciantes. El promedio – apenas 1,5 años por gobierno – retrata una república sin continuidad. La cifra explica por qué haber tenido ocho presidentes en una década no resulta una anomalía, sino la continuación de una larga tradición de crisis. Entre los problemas históricos más persistentes aparecen el caudillismo, los golpes de Estado, la vacancia como arma política, la debilidad institucional y la incapacidad de consolidar gobernabilidad.

Jara también rescata las durísimas observaciones de Simón Bolívar, quien en 1823 escribió a José Antonio de Sucre describiendo al Perú como un país sumido en el caos: “No encuentro sino desorden por todas partes (…) la anarquía más espantosa reina en todas partes”. Años después insistió en que el país estaba corroído por la discordia y la ambición. Para el articulista, la tragedia peruana es haber derrotado incluso al tiempo: dos siglos después, muchas de esas palabras siguen sonando actuales.

El fondo del problema, según esta lectura, es la ausencia de sentido de pertenencia. Es decir, la incapacidad de sentir al país como algo propio que merece cuidado, defensa y mejora. Sin ese vínculo, la política se convierte en venganza, cálculo o improvisación; el voto se ejerce desde la rabia o la emoción inmediata, no desde una visión colectiva. Por eso, candidaturas cuestionadas, liderazgos vacíos o figuras sin preparación logran abrirse paso una y otra vez.

La reflexión de Umberto Jara no pretende absolver a ningún sectorSeñala tanto a las élites económicas que ven al país solo como fuente de riqueza, como a ciudadanos que participan del resentimiento y del enfrentamiento permanente. Su conclusión es amarga: el Perú no ha logrado convertirse plenamente en nación porque sigue dividido entre tribus políticas, sociales y culturales incapaces de pactar mínimos comunes. Y mientras esa fractura no sea enfrentada, cada elección seguirá pareciendo una batalla entre enemigos antes que una decisión compartida sobre el futuro.

Comparte esta publicación:

Facebook
X
LinkedIn
WhatsApp