Un halo de esperanza comenzó a disiparse y a resistir, al mismo tiempo, en el corazón del pueblo.
Una gran multitud se había concentrado en los exteriores de la casa del curandero, un hombre sabio que ya había hecho milagros manteniendo con vida a Panchín.
El «Todoterreno», como todos lo llamaban con cariño, libraba en esos momentos una batalla tenaz y silenciosa por su existencia. Los dolores eran extremos; su cuerpo, antes vigoroso y fuerte, comenzaba a resentir los estragos de un veneno que, por fortuna o por pura resistencia de su alma, no había resultado fulminante de inmediato.
Afuera, la atmósfera estaba suspendida en un hilo de fe. Hombres, mujeres y ancianos elevaban al unísono una plegaria al Altísimo por la salud de Panchín. Mientras desgranaban los rosarios y encendían velas que desafiaban al viento, era imposible no recordar su inmenso don de gente.
Rememoraban su asombrosa capacidad para acoplarse de forma efectiva a cada rincón y a cada alma de los pueblos que visitaba; Panchín no era un extraño en ningún lado, pertenecía a todos.Era un hombre súper colaborador, de esos que ya casi no quedan.
En su vocabulario no existía la palabra pereza cuando se trataba de apoyar al prójimo o levantar una mano para el beneficio comunal. Ahora que su vida pendía de un hilo, los elogios en la multitud eran constantes, susurrados con una fraternidad viva y dolorosa.
Alguien entre el gentío miró de reojo la esquina de la plaza y suspiró. Recordó los sábados de jarana, esos días donde Panchín, armado con su inseparable mandolina, se convertía en el alma de la fiesta.
Con las notas nostálgicas y románticas del trío «Los Panchos», tenía el poder mágico de generar suspiros en cada mente y revivir el fuego en cada corazón enamorado.
Esas cuerdas, hoy mudas, eran el pulso alegre del pueblo.Las plegarias se incrementaban con el paso de los minutos, ganándole el terreno al miedo.
El clamor ya no solo retumbaba en los exteriores de la casa de curación; se había extendido como una marea invisible hacia el interior de cada hogar, donde las luces permanecían encendidas y las familias unidas, esperando el milagro de que el «Todoterreno» volviera a tocar para ellos.



