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LA CASA FAMILIAR DEL JR. SOFÍA DELGADO

Antes de 1970, Panchín adquirió el terreno en la cuadra tres del jirón Sofía Delgado. Allí levantó la casa familiar donde no solo crecieron sus hijos, sino también primos, sobrinos y nietos. Los últimos en habitar esa humilde morada fueron Natalia y Roberto Carlos, quienes crecieron rodeados de cuidado, protección y un inmenso cariño.

Aquella casa, pilar de los recuerdos de la familia Del Castillo Morey, se extendía sobre un terreno de 20 por casi 50 metros. En sus inicios, Panchín buscó el apoyo de un amigo experto para ejecutar la obra: una sólida construcción de muros de tapial, techos de teja y vigas de madera a la vista.

—Yo no podía construirla solo —señala Panchín—. Tuve que llamar a un amigo que sabía del oficio para que me ayudara a levantar lo que hasta hoy sigue en pie.

Esa estructura parece eterna; con más de cincuenta años de vida y mínimas remodelaciones, la casa sigue habitada por su actual propietaria. El inmueble resume con ternura la historia de los Del Castillo Morey, quienes, entre dificultades y carencias, lograron forjarse un destino del que hoy se sienten orgullosos. No acumularon grandes riquezas materiales, pero sí una fortuna en amor.

—No podía darles lujos a mis hijos —rememora él—. Con nuestro trabajo alcanzaba para vivir tranquilos; con muy poco, hacíamos mucho.

Panchín recuerda también que su suegra, Elena Leveau, vivía con una de sus hijas en Picota. Una vez terminada la casa, decidió traerla con ellos. Doña Elena se convirtió en el pilar de la crianza de sus nietos, quienes la veían como la dulce matriarca del hogar. Con su carácter bondadoso, se ganó el respeto de propios y extraños; los vecinos la saludaban con reverencia, admirados por su don de gente.

—Recuerdo mucho a Elena —evoca Panchín con nostalgia—. Cuando volvíamos del «mijano» cargados de pescado, ella, en un descuido nuestro, llenaba bolsas y las repartía entre el vecindario. Por eso la querían tanto. Nosotros nos molestábamos un poco por el esfuerzo que nos había costado la pesca, pero ante su generosidad no podíamos decirle nada.

Elena Leveau crió a casi todos sus nietos y a dos de sus bisnietos. A pesar del tiempo, ellos la recuerdan con profunda nostalgia, especialmente cuando suena la canción «Te amaré» de Miguel Bosé. Ella solía cantarla con romanticismo frente a su tushpa (fogón), mientras preparaba el desayuno, el almuerzo o la cena:

Con la paz de las montañas, te amaré

Con locura y equilibrio, te amaré…

Arriesgando en lo prohibido, te amaré

En lo falso y en lo cierto,

con el corazón abierto,

por ser algo no perfecto, te amaré…

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