Clima no disponible
1 PEN = 0.297 USD|1 USD = 3.362 PEN

Alguna vez me dijeron:  “De dónde ha salido este chuncho blanco”

Por: Beto Cabrera Marina

El racismo en el Perú no siempre grita; a veces sonríe, bromea, excluye o vota. Está metido en la política, en la calle y hasta en la casa. Reconocerlo es el primer paso.

En la Amazonía decimos las cosas claritas. El racismo en el Perú no nació ayer ni apareció por culpa de las redes sociales. Viene de lejos, de la Colonia, de esa vieja costumbre de medir a la gente por el color de la piel, el apellido, el acento o el lugar donde nació. Y aunque muchos se hacen los sorprendidos, la verdad es que seguimos cargando ese bulto pesado en la espalda.

Ya lo contaba El Inca Garcilaso de la Vega en los Comentarios Reales. Al hablar de una ñusta decía que era hermosa, pero que habría sido más hermosa si no tuviera la piel color canela. Tremenda frase. Ahí ya estaba sembrada la idea de que lo blanco vale más. Y eso lo escribió alguien que también sufrió el desprecio por ser mestizo. A Garcilaso, bautizado como Gómez Suárez de Figueroale negaron herencia en España por su origen. O sea, no era suficientemente español ni suficientemente indígena. Quedó en medio, como tantos peruanos hasta hoy.

Ese drama no terminó en los libros. Sigue vivo en frases que muchos han escuchado: “vas a mejorar la raza”“cholo de m…”“serrano” usado como insulto, o “chuncho” dicho con desprecio. En la selva lo sabemos bien. A veces nos miran como si viniéramos de otro país, como si fuéramos menos modernos, menos preparados o menos peruanos.

Y sí, alguna vez a más de uno le dijeron: “¿De dónde ha salido este chuncho blanco?”. La frase parece graciosa, pero retrata una ignorancia profunda: creer que la identidad tiene un solo color o una sola cara.

El historiador Alberto Flores Galindo explicó que el rechazo a lo indígena se profundizó tras la derrota de Túpac Amaru II y siguió en la República. Es decir, llevamos más de 200 años arrastrando una nación partida, donde en el papel todos somos iguales, pero en la práctica no tanto. La independencia cambió bandera, pero no mentalidades.

También el sociólogo Nelson Manrique lanzó una verdad incómoda: “todos en el Perú tenemos algo de racistas”Duele leerlo, pero sirve. Porque el racismo no solo viene de arriba hacia abajo. También se reproduce entre los mismos discriminados: un cholo que cholea a otro cholo, un pobre que desprecia al más pobre, un amazónico que margina al indígena, un migrante que niega su origen cuando mejora económicamente. Así trabaja esta enfermedad social: divide para mandar.

Lo más irónico es que en Lima, donde muchos se sienten superiores, la gran mayoría tiene raíces provincianas. Diversos estudios demográficos muestran que la capital creció principalmente por migración interna durante el siglo XX. O sea, buena parte de Lima desciende de andinos, amazónicos y costeños de otras regiones. Pero la alienación hace milagros: algunos olvidan de dónde vienen apenas conocen el mar.

Por eso esta coyuntura, aunque tensa, también puede ser una oportunidad. Hoy ya no se puede esconder el tema debajo de la alfombra. El racismo se discute en medios, en universidades, en barrios y en redes. Eso ya es avance. Lo peligroso no es hablar del problema; lo peligroso es fingir que no existe.

La salida no será inmediata, pero sí posible. Y comienza por la educaciónEn la casa, cuando dejamos de repetir burlas heredadas. En la escuela, cuando enseñamos historia completa y no maquillada. En la universidad, cuando valoramos todas las culturas del país. En los medios, cuando dejamos de caricaturizar al andino, al afroperuano o al amazónico.

El Perú necesita convertirse, de verdad, en una república de ciudadanos. No de apellidos. No de pigmentos. Ciudadanos con los mismos derechos y el mismo respeto.

Porque mientras alguien siga creyéndose más por ser banquito “de buena familia”, seguiremos atrasados. Y mientras otro siga avergonzándose de ser cholo, indígena o amazónico, seguiremos partidos.

Es hora de mirarnos sin desprecio. Y de entender, que este país hermoso se hizo mezclado, diverso y multicolor. Ahí está su fuerza, no su vergüenza.

Comparte esta publicación:

Facebook
X
LinkedIn
WhatsApp