Mientras la Unión Europea endurece sus reglas contra la deforestación, miles de pequeños productores de cacao, café y palma enfrentan una carrera contrarreloj para no quedar fuera del mercado internacional. La trazabilidad ha dejado de ser una opción técnica para convertirse en una condición clave de competitividad.
Semanas atrás, organizaciones y empresas influyentes del sistema alimentario global, como Rainforest Alliance, Nestlé, Danone, Ferrero, Barry Callebaut y Fairtrade International, enviaron una carta a la Comisión Europea solicitando no reabrir el Reglamento Europeo contra la Deforestación (EUDR). Tras años de inversión en trazabilidad, adecuación de cadenas de suministro y trabajo con pequeños productores, advirtieron que modificar la norma generaría incertidumbre regulatoria en el comercio internacional.
El especialista Johnny Martínez señala que los países productores ya vienen destinando recursos a tecnologías como geolocalización de parcelas, trazabilidad digital y sistemas de debida diligencia, avances clave en regiones como América Latina y África, donde millones de agricultores dependen del acceso al mercado europeo.

Sin embargo, desde la experiencia en campo surge una preocupación central: si el sistema en construcción logrará incluir a los pequeños productores o terminará excluyéndolos de la cadena global. “Europa ya no discute el EUDR, lo está aplicando”, advierte Martínez. El control ha dejado de centrarse en el producto final y ahora abarca cada eslabón de la cadena de valor, exigiendo que el origen sea verificable, trazable y libre de deforestación.
En países como Perú, persisten desafíos como cadenas fragmentadas, baja digitalización y trazabilidad incompleta en campo, lo que representa no solo una brecha técnica, sino un riesgo comercial directo. Bajo el marco del EUDR, si un actor incumple, compromete a toda la cadena: sin geolocalización no hay acceso al mercado y sin debida diligencia el producto queda fuera.
Mientras otros países avanzan en la alineación de sus sistemas productivos, el desafío para el Perú ya no es decidir si adaptarse, sino qué tan rápido podrá hacerlo para evitar que sus pequeños productores queden rezagados en uno de los mercados más exigentes del mundo.



