Panchín regresó con tres meses de hospitalización tatuados en la piel. Tarapoto lo retuvo ocho días, como un abrazo tenaz que duda antes de soltar, hasta que finalmente lo devolvió a Paujilzapa. Allí lo esperaban sus hijos; todos menos María Luisa, la niña que debió llamarse Libertad y que entonces vivía en Tarapoto bajo el amparo de la abuela Elena. Al cruzar el umbral del hogar, la selva se cerró a sus espaldas como una pesada puerta de hojas, atrapándolo de nuevo en su dominio.
El curandero llegó entonces, arrastrando el misterio de sus dietas y el eco de sus rezos. Durante cuatro lunas vigiló el veneno que aún danzaba, altivo y desafiante, en la sangre del enfermo.
El viejo sanador arribaba al anochecer para velar, pero el alba siempre lo encontraba rendido en la hamaca, vencido por el mismo letargo denso que el loro machaco reparte entre la maleza. Así, en una paradoja mística, el curandero cuidaba al mordido entregándose al sueño. Y la selva, cómplice silenciosa de aquella tregua, no delataba a ninguno.
Cuando el cuerpo cedió al tiempo y el veneno comenzó a disolverse en el olvido de las venas, Panchín volvió a la chacra. Sin embargo, el acero de su machete ya no cantaba igual.
Cada golpe al monte era ahora una pregunta; cada sombra entre los cafetales y cacaotales, una amenaza latente con escamas. Aquella ponzoña le había inoculado el miedo, y el miedo siempre enseña a marchar con tiento. Así fue como el hombre bautizado como «Todoterreno» aprendió su lección más valiosa: en una selva tan tupida y misteriosa, jamás se baja la guardia.Buscando un escape del asedio verde, llegó el bote.
Panchín lo parió en la intimidad de Paujilzapa. Su construcción fue una hazaña de hombres recios: el enorme casco de madera, a medio terminar, tuvo que ser arrastrado sobre troncos rodantes colocados bajo su «barriga», empujado centímetro a centímetro por la fuerza comunal hasta encallar en las orillas del Huallaga para su culminación Lo bautizó en Buenos Aires, sobre el lomo ancho del río.
Le instaló cincuenta caballos de fuerza y se convirtió en botero; un puente de carne y hueso entre orillas que se ganaba el pan a fuerza de corriente.
La gente, al verlo surcar las aguas bravas, exclamaba con asombro desde los puertos: —¡Ahí está Don Pancho del Castillo, aquel que sobrevivió al veneno de la culebra verde!—Qué fortaleza la del señor —murmuraban algunos con reverencia.—¡Nadie, que yo sepa, ha vuelto prácticamente de la muerte! —gritó un día Don Gumercindo Paredes, sellando con sus palabras lo que ya era un hecho indiscutible.
Don Francisco se había convertido en una leyenda gigantesca que navegaba por todo el valle de la provincia de Picota.
Era el botero más respetado de la zona. Su embarcación domaba el Huallaga y su economía florecía con el vaivén de los pasajeros. Pero, a pesar del éxito y de las monedas que tintineaban en sus bolsillos, la tierra jamás soltó sus raíces. La chacra era su primer amor, un romance terco, antiguo y arraigado que el agua no pudo ahogar.
Por eso, en un acto que muchos no entendieron, vendió la embarcación en diez mil soles. Don Pancho no compraba lujos ni descansos; compraba tiempo para volver a sembrar.
Desde entonces, mide cada paso con la sabiduría de los años. Sabe perfectamente que el loro machaco sigue ahí, pequeño, letal y paciente, enroscado en el corazón verde del café. La serpiente no mató a Panchín. Solo le recordó que la selva presta la vida y la prosperidad, pero siempre pasa factura. Y Panchín, el eterno Todoterreno, finalmente aprendió a deberle al monte con absoluto respeto.



