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Le amputaron los brazos al agresor; la indiferencia sigue con las manos libres

No fue solo una mujer asesinada con dinamita. Fue otro pedazo de nuestra humanidad hecho añicos. Lo más aterrador no es el crimen, sino la velocidad con la que dejamos de hablar de él.

Hay países donde el horror irrumpe. En el Perú, el horror ya tiene domicilio fijo. Cambia de nombre, de ciudad y de método, pero siempre deja el mismo saldo: una mujer menos, una familia rota y una sociedad que bosteza frente a la barbarie.

Esta vez fue una gestante. Una mujer con más de ocho meses de embarazo murió junto con el hijo que llevaba en el vientre después de que su pareja hiciera estallar un cartucho de dinamita en medio de una discusión.

Él sobrevivió. La explosión le amputó ambos brazos. Ella perdió la vida. El bebé perdió el derecho a nacer. Y nosotros volvimos a perder la capacidad de escandalizarnos.

Porque la verdadera amputación no ocurrió en el quirófano del Hospital Regional de Trujillo. La verdadera amputación ocurrió hace mucho tiempo, cuando permitimos que nos cercenaran la sensibilidad. Hoy el agresor permanece sin brazos; la indiferencia, en cambio, sigue con las manos libres.

Libres para pasar la página.

Libres para deslizar el dedo sobre la pantalla y cambiar un feminicidio por un video viral.

Libres para escribir «qué horror» y, cinco minutos después, discutir el último escándalo político, el gol anulado o el robo de un celular.

Ese es el país que estamos construyendo: uno donde el asesinato de una mujer ya no interrumpe la rutina.

Porque no fue solo ella y su bebé no nacido.

Fue también la joven cuyo cuerpo apareció descuartizado y repartido en una maleta. Fue la mujer quemada por quien juró amarla.

Fueron las víctimas cuyos nombres alguna vez ocuparon titulares y hoy sobreviven únicamente en un expediente fiscal, en una cruz del cementerio o en la memoria desgarrada de sus familias.

Cambia el arma. Cambia el lugar. Cambia el asesino. La historia siempre termina igual.

Y nosotros también.

Nos indignamos cuarenta y ocho horas, escribimos «Ni una menos» y esperamos el siguiente feminicidio como quien espera el siguiente reporte del clima.

Qué obscena capacidad hemos desarrollado para convertir el espanto en rutina.

Los médicos fueron claros: el presunto agresor no estaba ebrio, no estaba drogado y no presentaba alteraciones psiquiátricas.

Qué incómoda resulta esa verdad.

Porque desmonta la coartada favorita de una sociedad que necesita creer que los feminicidas son monstruos excepcionales.

No. Muchas veces son hombres aparentemente normales. Trabajan, saludan a los vecinos, celebran el Día de la Madre, publican fotos familiares y, cuando sienten que pierden el control, convierten el amor en sentencia de muerte.

No explotó solamente un cartucho de dinamita. Explotó una cultura que todavía enseña que una mujer puede ser posesión, premio o castigo. Una cultura que minimiza los celos llamándolos amor, que disfraza el control de protección y que sigue preguntándole a la víctima por qué no se fue, en lugar de preguntarle al agresor por qué creyó tener derecho a decidir sobre la vida de otra persona.

Somos especialistas en practicar la autopsia moral de las víctimas y vergonzosamente incapaces de diseccionar el machismo.

Después llegan las autoridades con el ritual de siempre: conferencias de prensa, promesas, campañas, minutos de silencio y fotografías institucionales. Todo perfectamente calculado para la siguiente noticia.

Mientras tanto, los cementerios siguen ampliando su estadística.

El feminicidio nunca comienza cuando aparece el cadáver. Empieza cuando un niño aprende que mandar lo hace más hombre. Cuando una niña aprende que soportar es una prueba de amor. Cuando una familia llama «carácter fuerte» a la violencia. Cuando un vecino escucha gritos y decide subir el volumen del televisor. Cuando una denuncia es minimizada. Cuando un Estado llega siempre después de la tragedia.

El asesinato es apenas el último capítulo de una historia que escribimos entre todos.

Y aquí aparece la ironía más cruel: El agresor perdió los brazos y nosotros seguimos cruzados de brazos.

Ese es el panorama más doloroso del Perú. No la del hospital. No la del levantamiento del cadáver. No la de la cinta amarilla rodeando la escena del crimen. La más dolorosa es la de una sociedad que ya aprendió a convivir con el feminicidio como convive con los robos, la corrupción o los baches de sus calles: con resignación.

Nos estamos acostumbrando a lo imperdonable. Y cuando un país deja de estremecerse ante el asesinato de una mujer embarazada, el problema ya no es únicamente el feminicida. El problema somos nosotros.

Porque al agresor la dinamita le amputó los brazos. A nosotros nadie nos amputó las manos. Elegimos mantenerlas ocupadas pasando la página, deslizando la pantalla, señalando a la víctima o esperando el próximo caso para volver a fingir indignación.

Por eso, el verdadero crimen no termina cuando explota la dinamita.

El verdadero crimen comienza cuando el silencio apaga la explosión y la indiferencia, una vez más, sigue caminando entre nosotros… con las manos completamente libres.

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