¿Es posible seguir hablando de progreso cuando la democracia pierde credibilidad, las instituciones se debilitan y la política deja de estar al servicio de las personas?
Por: Dr. Neptalí Santillán Ruiz
Cada 28 de julio, el Te Deum suele ser observado como un ritual republicano que reúne al poder político bajo las bóvedas de la Catedral de Lima. Sin embargo, hay ocasiones en que la homilía deja de ser un discurso ceremonial para convertirse en un severo diagnóstico del país. Eso ocurrió este año. La iglesia católica no ofreció una bendición complaciente al poder ni un mensaje protocolar para la efeméride nacional. Lo que pronunció fue una interpelación ética a una república que, según sus propias palabras, atraviesa una «situación catastrófica», no por el comportamiento de las cifras macroeconómicas, sino por el deterioro de la condición humana, la degradación de la política y el debilitamiento de la democracia.
No deja de ser significativo que la palabra escogida haya sido precisamente «catástrofe». No se habla de una crisis pasajera ni de un ciclo político desfavorable. Se describe un proceso profundo de descomposición institucional donde confluyen corrupción, violencia criminal, captura de espacios públicos, intereses particulares y pérdida del sentido del bien común. Es una lectura que trasciende gobiernos específicos para cuestionar un modelo de ejercicio del poder en el que las instituciones dejan de servir a la ciudadanía para convertirse en escenarios de disputa entre grupos de interés.
La homilía tampoco elude un tema particularmente sensible: el avance de tendencias autoritarias. La referencia histórica a la Constitución Vitalicia de 1826 no es un simple recuerdo académico; funciona como advertencia política. La independencia, afirma implícitamente el mensaje, puede perder contenido cuando la concentración del poder termina sustituyendo a la democracia. La historia peruana aparece, así como una sucesión de avances y retrocesos en la permanente tensión entre libertad y autoritarismo.
Uno de los aspectos más llamativos del discurso es que la Iglesia evita construir un enemigo único. La crítica alcanza a los poderes políticos, económicos, a las organizaciones criminales e incluso reconoce que esas dinámicas también pueden infiltrarse dentro de la propia institución eclesial. Esa admisión le otorga una dosis de autocrítica poco frecuente en los discursos públicos y fortalece la legitimidad de su llamado ético.
La homilía cuestiona igualmente el uso instrumental de la religión. Advierte que existen quienes pretenden silenciar a la iglesia cuando denuncia las injusticias, pero que son los mismos que apelan a símbolos religiosos cuando necesitan legitimidad electoral. La observación resulta especialmente pertinente en un contexto donde la fe suele convertirse en un recurso de marketing político más que en un compromiso con los valores que dice representar.
El mensaje también propone una lectura internacional. La crisis peruana es presentada como parte de una tendencia global caracterizada por guerras, concentración del poder económico, debilitamiento de las democracias y nuevas formas de dominación política y tecnológica. El alcance de esta interpretación revela una preocupación por situar los problemas nacionales dentro de transformaciones más amplias del orden internacional.
Sin embargo, quizá el aporte más importante de la homilía no sea su diagnóstico, sino su propuesta. Frente a la polarización, no plantea una reconciliación basada en el olvido. Rechaza explícitamente una reconciliación superficial, hecha de gestos simbólicos vacíos, y sostiene que La paz solo puede construirse sobre la verdad, la justicia y la reparación de los daños causados. Es una concepción exigente de la reconciliación, cercana a los principios de la justicia restaurativa, donde reconocer responsabilidades es condición para reconstruir la convivencia democrática.
La imagen bíblica de María e Isabel adquiere entonces un significado político. No se utiliza para promover una determinada opción partidaria, sino para proponer un modelo de liderazgo basado en el servicio, la solidaridad y la prioridad de los más vulnerables. La autoridad, sugiere la homilía, no encuentra su legitimidad en la acumulación de poder, sino en la capacidad de ponerse al lado de quienes han sido marginados, ignorados o despojados.
¿Está la Iglesia ingresando al terreno político? En realidad, nunca ha dejado de hacerlo cuando interpreta la realidad desde su doctrina social. La diferencia es que este mensaje evita identificarse con una fuerza partidaria específica. Su intervención se sitúa en otro plano: el de los principios que deberían orientar cualquier proyecto democrático. Defensa de la dignidad humana, primacía del bien común, solidaridad, justicia social, rechazo del autoritarismo y denuncia de la idolatría del dinero constituyen el núcleo de su propuesta.
Sería un error reducir esta homilía a un acto litúrgico más del calendario oficial. El Te Deum de este año ha colocado sobre la mesa una pregunta incómoda para toda la dirigencia nacional: ¿es posible seguir hablando de progreso cuando la democracia pierde credibilidad, las instituciones se debilitan y la política deja de estar al servicio de las personas?
Esa pregunta no pertenece únicamente a la Iglesia. Pertenece, sobre todo, a la República.



