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El Duende de la Espera y el Regreso del Runa Mula

Atrás quedaron aquellos días dorados en los que la mayor aventura consistía en seguir los pasos de Panchín rumbo a la chacra, allá por las inmediaciones del indómito Chumía.

Fueron, sin duda, los años más hermosos de una infancia en la que Roberto Carlos apenas rozaba los ocho años. El viejo no gozaba de una estatura imponente, pero le sobraba la valentía que a otros les faltaba; era un agricultor formidable, un canoero diestro, un chapanero astuto y un pescador de estirpe, cuyo nombre infundía un respeto unánime entre propios y extraños.

En el trayecto, su voz tejía historias fantásticas de la selva, mitos vivos que hasta el sol de hoy permanecen intactos en la mente de aquel niño que hoy ya supera los 50 años.

Cierta mañana, sin embargo, el mito se fundió con la realidad en una vivencia que no necesitó ser contada, pues quedó grabada a fuego en la piel. Con casi 8 años a cuestas, surgió la necesidad de emprender el retorno a Tarapoto. Tras cruzar el imponente río Huallaga con las primeras luces del alba, el destino obligaba a aguardar a la vera de la carretera. En aquellos inicios de la década de los ochenta, la incertidumbre gobernaba el transporte: nadie tenía la certeza de a qué hora aparecería, procedente de Chazuta, el célebre «Runa Mula», el único microbús que desafiaba esa carretera sinuosa.

Las horas transcurrían con una lentitud exasperante y la impaciencia infantil no tardó en reinar en Roberto Carlos. Dispuesto a desafiar la distancia a pie, el pequeño exclamó con fastidio que ya se había cansado de esperar y que se marcharía solo, comenzando a caminar con determinación. Fue entonces cuando la voz firme de Panchín cortó el aire con una advertencia fulminante: «¡No vayas! He dejado junto al cerro a un chullachaqui y te puede robar». Al escuchar el nombre de aquel duende pendenciero que, según las leyendas, habita en las profundidades del bosque, el temor venció al orgullo. Ni corto ni perezoso, el niño dio la vuelta y regresó al punto de partida.

De vuelta en el refugio de la espera, el fastidio se transformó en indignación. Sintiéndose estafado por lo que consideraba una burda artimaña de adulto, Roberto Carlos increpó a Panchín y lo llamó mentiroso. Lejos de enfadarse, el viejo respondió con una serenidad desafiante: «¿Quieres ver lo que ha dejado?». Ante el reto, la curiosidad pudo más y el niño exigió ir a comprobarlo de inmediato.

Al aproximarse al borde del cerro señalado, la incredulidad se transformó en asombro eterno. En la tierra fresca se dibujaban, nítidas, varias huellas: el rastro de un pie sumamente pequeño junto a la inconfundible marca de una pezuña, similar a la pata de una cabra. De manera paralela, como si hubieran caminado en complicidad, avanzaban las pisadas de una paloma. Ambos rastros sugerían que las criaturas se habían acercado sigilosamente a husmear hacia donde ellos esperaban, para luego dar la vuelta y desaparecer misteriosamente al pie de la montaña. Hoy, al evocar ese instante, en Roberto Carlos queda la certeza de que una cámara fotográfica habría inmortalizado un tesoro; una prueba material de una niñez que, aunque colmada de limitaciones materiales, fue millonaria en el cariño y el amor que le entregaron.

El tiempo ha seguido su curso y aquel gigante de la selva continúa dando lecciones. Como el buen ciudadano que siempre ha sido, se mantiene responsable, firme y profundamente aferrado a la existencia. A cuatro meses de cumplir 99 años, en la mente de Panchín permanecen vivas las experiencias que lo hicieron grande, un símbolo para un niño, Roberto Carlos, que ya se hace viejo y atesora en sus recuerdos las experiencias que le otorgaron esa rica sazón a su vida.

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